dimarts, 20 de novembre del 2018

Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética

Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética

La revolución copernicana nos desplazó del centro del universo. La revolución darwinista del centro del reino biológico. Y la revolución freudiana del centro de nuestras vidas mentales. Hoy, la informática y las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) están causando una cuarta revolución, cambiando radicalmente una vez más nuestra concepción de quiénes somos y cuestionando nuestra «centralidad excepcional». No estamos en el centro de la infoesfera. No somos entes autónomos, sino agentes de información interconectados que compartimos con otros agentes y con pequeños artefactos un entorno global hecho, en última instancia, de información. Ahora que ha cambiado nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro mundo, ¿las TIC nos van a empoderar o nos van a constreñir? La respuesta reside en un enfoque ecológico y ético que abarque las realidades naturales y artificiales. Debemos encontrar un enfoque del medioambiente que afronte con éxito los nuevos problemas generados por esta cuarta revolución.

Hiperhistoria

Hoy hay más personas vivas que nunca en la historia de la evolución humana. Y cada vez vivimos más(1) y mejor(2). En gran medida se lo debemos a nuestras tecnologías, al menos en la medida en que las desarrollamos y usamos de una manera inteligente, pacífica y sostenible.
BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Público de una videoconferencia del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en el salón de actos del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina en Quito (CIESPAL) el 23 de junio de 2016
Público de una videoconferencia del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en el salón de actos del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina en Quito (CIESPAL) el 23 de junio de 2016
A veces olvidamos cuánto les debemos al sílex y a la rueda, al fuego y al arado, al motor de explosión y a los satélites. Tomamos conciencia de esta profunda deuda tecnológica cuando dividimos la historia humana en prehistoria e historia. Ese significativo umbral está ahí para recordarnos la invención y el desarrollo de las TIC, es lo que marca la diferencia entre lo que fuimos y lo que somos. Hasta que las lecciones aprendidas por generaciones anteriores no empezaron a evolucionar de modo lamarckiano más que darwiniano, la humanidad no entró en la historia.
La historia ha durado seis mil años desde que se inició con la invención de la escritura en el cuarto milenio antes de Cristo. Durante este periodo relativamente corto, las TIC proporcionaron la infraestructura para registrar y transmitir que ha hecho posible el perfeccionamiento de otras tecnologías, con la consecuencia directa de aumentar nuestra dependencia en más y más capas de tecnologías. Las TIC maduraron en los escasos siglos transcurridos entre Gutenberg y Turing. Hoy están experimentando una transformación radical que podría resultar igual de decisiva, ya que hemos comenzado a trazar un nuevo umbral entre la historia y la nueva era, a la que podríamos llamar acertadamente hiperhistoria (véase Figura 1). Me explico.
BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi. Infografía De la prehistoria a la hiperhistoria
Prehistoria (es decir, el periodo previo a los testimonios escritos) e historia funcionan como adverbios: nos hablan de cómo vive la gente, no de dónde o cuándo. Desde esta perspectiva, las sociedades humanas habrían tenido tres edades definidas por sus modos de vida. Según informes acerca de un número no especificado de tribus no contactadas en la región amazónica, algunas sociedades continúan viviendo en la prehistoria, sin TIC o al menos sin testimonios escritos. Si un día estas tribus desaparecen, se habrá cerrado el primer capítulo del libro de nuestra evolución. Hoy la inmensa mayoría de los individuos siguen viviendo históricamente, en sociedades que dependen de las TIC para registrar y transmitir datos de todo tipo. En estas sociedades históricas, las TIC aún no han ocupado el lugar de otras tecnologías, sobre todo las relativas a la energía, en términos de importancia vital. Luego, hay quienes viven ya en la hiperhistoria, en sociedades o entornos en los que las TIC y sus prestaciones de procesamiento de datos son la condición necesaria para el mantenimiento y desarrollo del bienestar social, la salud personal y el florecimiento intelectual. La naturaleza de los enfrentamientos es la triste prueba de la fiabilidad de esta interpretación tripartita de la evolución humana. Un ciberataque a los sistemas de información solo supone una amenaza fatal para una sociedad que vive hiperhistóricamente. Solo los que viven de los datos pueden morir a causa de ellos.(3)
Para resumir, la evolución humana podría visualizarse como un cohete de tres fases: en la prehistoria no hay TIC; en la historia hay TIC que registran y transmiten datos, pero las sociedades humanas dependen sobre todo de otro tipo de tecnologías que afectan a los recursos primarios y la energía; en la hiperhistoria hay TIC, que registran, transmiten, pero sobre todo procesan datos de forma cada vez más autónoma, y las sociedades humanas dependen de ellas y de la información como recurso fundamental. El valor añadido llega cuando pasamos de relacionarnos con las TIC a depender de ellas. Ya no podemos desenchufar nuestro mundo de las TIC sin apagarlo totalmente.
Si todo esto es correcto, aunque sea aproximadamente, la salida de la era histórica representa uno de los pasos más importantes en la historia de la humanidad. Desde luego, abre un amplísimo horizonte de oportunidades, aunque también de retos y dificultades, todos esencialmente dependientes de los poderes de registro, tramitación y proceso de las TIC. La bioquímica sintética, la neurociencia, el internet de las cosas, las exploraciones planetarias no tripuladas, las tecnologías verdes, los nuevos tratamientos médicos, los medios sociales, los juegos digitales, aplicaciones agrícolas y financieras, el desarrollo económico y de la industria energética, nuestras actividades de descubrimiento, invención, diseño, control, educación, trabajo, relaciones sociales, ocio, atención médica, seguridad, negocios, etcétera, no solo no serían factibles, resultarían impensables en un contexto histórico puramente mecánico.
Hoy en día la naturaleza de todas estas acciones es hiperhistórica. Por consiguiente, estamos presenciando la definición de un escenario macroscópico en el que la hiperhistoria y la re-ontologización de la infoesfera en la que vivimos están poniendo distancia muy rápidamente entre las generaciones futuras y la nuestra.
Esto no quiere decir, por supuesto, que no exista una continuidad, hacia atrás y hacia delante. Hacia atrás porque con frecuencia, cuanto más profunda es una transformación, más hondas raíces tienen sus causas. Esto se debe a que muchas fuerzas diferentes llevan mucho tiempo creando la presión necesaria para que puedan producirse cambios radicales de forma repentina, inesperada incluso. La rama del árbol no la rompe el último copo de nieve. En nuestro caso, la historia es la que engendra la hiperhistoria. Sin el alfabeto no existiría el código ASCII. Hacia delante porque es bastante plausible que las sociedades históricas sobrevivan largo tiempo de un modo no muy distinto a las tribus amazónicas prehistóricas mencionadas anteriormente. A pesar de la globalización, las sociedades humanas no avanzan de forma uniforme, en etapas sincronizadas.
Esta perspectiva a largo plazo debería ayudarnos a explicar el lento y gradual proceso de apoptosis (por usar un concepto de la biología celular) política que estamos experimentando. La apoptosis (también llamada muerte celular programada) es una forma natural y normal de autodestrucción en la que una secuencia programada de acontecimientos lleva a la autoeliminación de las células. La apoptosis desempeña un papel crucial en el desarrollo y mantenimiento de la salud física. Podría considerarse un fenómeno dialéctico de renovación y servir, por ejemplo, para describir la evolución de los Estados-nación en sociedades de la información (véase Figura 2), del siguiente modo:
BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Desde el estado a los sistemas multiagente
Simplificando mucho, este podría ser un esquema rápido de los últimos cuatrocientos años de historia política: la paz de Westfalia (1648) marcó el final de la Guerra Mundial Cero, constituida por la guerra de los Treinta Años, la guerra de Flandes y un largo periodo de otros conflictos durante el cual las potencias europeas y las partes del mundo que dominaban se masacraban entre sí por motivos económicos, políticos y religiosos. Los cristianos se enfrentaron unos a otros con impresionante violencia y horrores indescriptibles. El nuevo sistema que surgió en aquellos años, el llamado orden westfaliano, vio la madurez de los Estados soberanos y después de los Estados-nación tal y como los conocemos hoy en día, por ejemplo Francia. Pensemos en el intervalo transcurrido entre el último capítulo de Los tres mosqueteros, cuando D’Artagnan, Aramis, Porthos y Athos toman parte en el sitio de La Rochelle en 1628 a las órdenes del cardenal Richelieu, y el primer capítulo de Veinte años después, cuando vuelven a reunirse, bajo la regencia de Ana de Austria (1601-1666) y el gobierno del cardenal Mazarino (1602-1661). El Estado no se convirtió en un agente monolítico, monomaniaco y bien coordinado, en la clase de bestia (el Leviatán de Hobbes), o más bien de robot que una era mecánica posterior nos llevaría a imaginar. Eso nunca sucedió. Más bien fue creciendo hasta convertirse en la fuerza vinculante, en una red capaz de mantener unidos, influir y coordinar todos los diferentes agentes y conductas dentro de sus fronteras geográficas. Desde las primeras ciudades-Estado griegas, la ciudadanía se había abordado en términos de biología (padres, género, edad…). Ahora se ha vuelto más flexible (grados de ciudadanía) al conceptualizarse también en términos de estatus legal, como cuando en el Imperio romano adquirir la ciudadanía (una idea que no habría tenido significado en un contexto puramente biológico) venía acompañado de una serie de derechos.
Con el Estado moderno, la geografía empezó a desempeñar un papel igual de importante al mezclar ciudadanía con nacionalidad y lugar de nacimiento. En este sentido, la historia del pasaporte es esclarecedora. Como documento de identidad, se afirma que fue un invento de Enrique V de Inglaterra (1387-1422), siglos antes de que entrara en vigor el orden westfaliano. Sin embargo, el orden westfaliano fue el que hizo el pasaporte como lo entendemos hoy: un documento que da derecho a su poseedor no a viajar (puede ser también necesario un visado, por ejemplo) ni a protección en el extranjero, sino a volver (o recibir ayuda para hacerlo) al país que emitió el pasaporte. Metafóricamente, es como una banda elástica que sujeta al propietario a un punto geográfico, con independencia de la distancia recorrida y del tiempo que haya dedicado a viajar por otras tierras. Este documento se volvió cada vez más útil a medida que el punto geográfico se definía mejor. El lector puede sorprenderse de saber que en Europa fue muy común viajar sin pasaporte hasta la Primera Guerra Mundial, cuando la presión por la seguridad y los medios tecnoburocráticos hicieron necesario desenmarañar y organizar todas esas bandas elásticas que viajaban en tren.
De vuelta al orden westfaliano, ahora los espacios físico y legal se solapan y están gobernados por potencias soberanas que ejercen el control mediante la fuerza física para imponer leyes y asegurarse el respeto dentro de las fronteras nacionales. Los mapas no sirven solo para viajar y hacer negocios, también responden a la necesidad interna de los países de controlar el propio territorio, y a la externa de determinar su lugar en el globo. Un recaudador de impuestos o un general del ejército analizan estas líneas con miradas muy distintas de las de los usuarios de Expedia de hoy en día. Porque los Estados soberanos funcionan como sistemas multiagente (SMA, de los que hablaremos más adelante) que pueden, por ejemplo, subir los impuestos dentro de sus fronteras y contraer deudas como entidades legales (de ahí el término actual «deuda soberana», bonos emitidos por un gobierno nacional en una divisa extranjera) y, por supuesto, disputarse fronteras.
Parte de la lucha política pasa de ser, no una mera tensión más o menos silenciosa entre diferentes componentes del SMA, por ejemplo clérigos contra aristócratas, sino un equilibrio explícitamente codificado entre los diferentes agentes que lo constituyen. En concreto, Montesquieu propone la clásica división de poderes del Estado que hoy damos por sentada. El SMA de Estado se organiza como una red de tres «pequeños mundos», un poder legislativo, uno ejecutivo y uno judicial, entre los cuales solo se permiten determinados canales de información. Hoy a esto podríamos llamarlo «Westfalia 2.0».
Con el orden westfaliano la historia moderna entra en la era del Estado, y el Estado se convierte en el agente de información, que legisla y controla (o al menos lo intenta), en la medida de lo posible, todos los medios tecnológicos implicados en el ciclo de vida de la información, incluyendo educación, censo, impuestos, registros policiales, leyes y normas, prensa e inteligencia. Ya entonces, muchas de las aventuras en las que se ve envuelto D’Artagnan proceden de alguna comunicación secreta. Así pues, el Estado acaba fomentando el desarrollo de las TIC como medio de ejercer y conservar el poder político, el control social y la fuerza legal, pero con ello también está socavando su propio futuro como único, o al menos principal, agente de información. Como ya explicaré con más detalle, las TIC, al ser una de las fuerzas más influyentes que hicieron del Estado algo factible y después predominante como impulso histórico en la política, también contribuyeron a quitarle protagonismo en la vida social, política y económica del mundo, forzando a los modelos centralizados de gobierno a desplazarse hacia la gobernanza distribuida y la coordinación internacional y global. El Estado evolucionó cada vez más hacia una sociedad de la información, y con ello fue poco a poco perdiendo su papel de principal agente de información. A lo largo de los siglos ha pasado de ser concebido como el garante último y el defensor de una sociedad de laissez-faire, a un sistema de bienestar bismarckiano que debe velar por todos sus ciudadanos. Las dos guerras mundiales fueron también enfrentamientos entre Estados-nación que se resistían a dejarse coordinar e incluir dentro de SMA mayores. De las guerras nacieron SMA como la Sociedad de Naciones, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las Naciones Unidas, la Unión Europea, la OTAN, etcétera. Hoy sabemos que no podemos confiar en que la solución a los problemas globales, desde el medioambiente a la crisis financiera, desde la justicia social a los fundamentalismos religiosos, desde la paz a la situación sanitaria, provenga únicamente de los Estados-nación, ya que precisan de la participación y presencia de agentes globales. Sin embargo, en un mundo poswestfaliano (Linklater 1998), hay mucha incertidumbre acerca de los nuevos SMA que conforman el presente y el futuro de la humanidad.
Lo dicho hasta aquí nos proporciona un enfoque filosófico para interpretar el consenso de Washington, la última fase en la apoptosis política del Estado. John Williamson acuñó la expresión «consenso de Washington» en 1989 para referirse a una serie de diez recomendaciones políticas concretas que a su juicio constituían una estrategia estándar adoptada y promovida por instituciones con sede en Washington D. C., como el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, destinadas a países que atraviesan crisis económicas. Las políticas abarcaban la estabilización macroeconómica, la liberalización tanto del comercio como de la inversión y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de la economía doméstica. En el último cuarto de siglo este tema ha suscitado un debate intenso y vivo acerca de si los diagnósticos son acertados y las fórmulas aceptables: ¿responde el consenso de Washington a un fenómeno histórico real? ¿Alcanza alguna vez sus objetivos? ¿No debería más bien interpretarse, a pesar de que la definición de Williamson, como la imposición de políticas neoliberales por parte de instituciones financieras internacionales con sede en Washington en países en dificultades, es bastante clara? Se trata de cuestiones importantes, pero lo que de verdad nos interesa aquí no es una evaluación hermenéutica, económica o normativa del consenso de Washington, sino el hecho de que la idea en sí, aun cuando solo sea una idea influyente, recoge un aspecto significativo de nuestra época hiperhistórica y poswestfaliana, ya que debemos considerar el consenso de Washington como una consecuencia lógica de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas, también conocida como conferencia de Bretton Woods (Steil 2013). En esta reunión, celebrada en 1944, que congregó a 730 delegados de las 44 naciones aliadas en el hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, se reguló el orden monetario y financiero internacional al término de la Segunda Guerra Mundial. De ella nació el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (que, junto con su rama dedicada a la concesión de créditos, la Asociación para el Desarrollo Internacional, forman lo que conocemos como Banco Mundial), el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (que será sustituido por la Organización Mundial del Comercio en 1995) y el Fondo Monetario Internacional.
BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.El embajador de Canadá, Lester B. Pearson, firma el acuerdo de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas con el que se reguló el orden monetario y financiero internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, diciembre de 1945
El embajador de Canadá, Lester B. Pearson, firma el acuerdo de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas con el que se reguló el orden monetario y financiero internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Hotel Mount Washington de Bretton Woods, Nuevo Hampshire, Estados Unidos, diciembre de 1945
En definitiva, Bretton Woods confirmó la existencia oficial de una serie de SMA diferentes como fuerzas supranacionales o intergubernamentales que toman parte en la resolución de problemas políticos, sociales y económicos internacionales. Bretton Woods, y después el consenso de Washington, ponen de relieve que, después de la Segunda Guerra Mundial, se admite abiertamente el poder de organizaciones e instituciones (no solo las de Washington D. C.) que no eran Estados, sino SMA no gubernamentales, de influir activamente en los escenarios políticos y económicos internacionales, aplicando políticas globales a la resolución de problemas globales. El hecho en sí de que (con razón o sin ella) el consenso de Washington haya sido acusado de cometer grandes errores al pasar por alto las especificidades locales y las diferencias globales refuerza la opinión de que una serie de poderosos SMA son ahora los nuevos actores políticos en las globalizadas sociedades de la información.
Todo esto nos sirve para explicar por qué, en un mundo poswestfaliano (nacimiento del Estado-nación como agente moderno de información política) y posterior a Bretton Woods (nacimiento de SMA no estatales como actores hiperhistóricos en la economía y la política globales), uno de los principales retos al que nos enfrentamos es cómo diseñar el tipo adecuado de SMA que aproveche plenamente el progreso sociopolítico logrado en la historia moderna y a su vez solucione de manera eficaz nuevos problemas globales que socavan la herencia de ese progreso en la hiperhistoria.
Entre las muchas explicaciones a este giro de un orden histórico y westfaliano al dilema hiperhistórico posterior al consenso de Washington, en busca de un nuevo equilibrio, hay tres que merecen destacarse.
Primera: poder. Las TIC «democratizan» los datos y el poder de procesarlos y controlarlos, en el sentido de que ambos residen y se multiplican ahora en multitud de almacenes y fuentes de datos, creando, permitiendo y empoderando a un número potencialmente infinito de agentes no estatales, desde individuos a asociaciones y grupos, macroagentes como empresas multinacionales, organizaciones internacionales, intergubernamentales e incluso no gubernamentales, e instituciones supranacionales. El Estado ya no es el único agente en la arena política, y a veces ni siquiera el principal, y su información no prevalece ya sobre la de otros agentes informativos, en particular sobre los (grupos de) ciudadanos. El fenómeno está generando una nueva tensión entre poder y fuerza en la que el poder es informativo y se ejerce mediante la elaboración y distribución de normas, mientras que la fuerza es física, y se ejerce cuando el poder no consigue orientar la conducta de los agentes implicados y hay que obligar a que se cumplan las normas. Cuanto más dependientes de la información son los bienes físicos e incluso el dinero, más importante es el aspecto financiero del poder informativo que ejercen los SMA.
Segunda: geografía. Las TIC desterritorializan la experiencia humana. Han hecho que las fronteras regionales sean porosas o, en determinados casos, irrelevantes. También han creado, y están ampliando exponencialmente, regiones de la infoesfera en las que cada vez más agentes (no solo humanos, véase Floridi 2013) operan y pasan más tiempo en la experiencia onlife (un nuevo espacio donde la frontera entre lo online y lo offline se ha borrado). Estas regiones son, por definición, no estatales, lo que está creando una nueva tensión entre la geopolítica, que es global y no territorial, y los Estados-nación, que siguen definiendo su identidad y legitimidad políticas en términos de unidad territorial soberana, como países.
Tercera: organización. Las TIC fluidifican la topología de la política. No se limitan a permitir, sino que promueven (mediante la gestión y el empoderamiento) la agilidad, la temporalidad y la agregación, disgregación y reagregación oportunas de grupos distribuidos «bajo demanda», alrededor de intereses compartidos, superando las viejas y rígidas limitaciones que representan las clases sociales, los partidos políticos, las características étnicas, las barreras lingüísticas, las barreras físicas, etcétera. Esto genera nuevas tensiones entre el Estado-nación, que todavía se considera una importante entidad organizativa, aunque ya no tan rígida, dado que va transformándose cada vez más en un SMA muy flexible (volveré más adelante sobre este punto), y una variedad de organizaciones no estatales igualmente poderosas, incluso a veces más poderosas y políticamente influyentes (con respecto al viejo Estado-nación), los otros SMA en el lote. El terrorismo, por ejemplo, ya no es un mero asunto interno, como lo fueron en su día ciertas formas de terrorismo en el País Vasco, Alemania, Italia o Irlanda del Norte, sino una confrontación internacional con un SMA, como Al-Qaeda, la tristemente conocida organización islamista militante global.
Por eso se ha reformulado el debate sobre democracia directa. Solíamos pensar que se trataba de una nueva forma en que el Estado-nación podía reorganizarse de manera interna, mediante el diseño de normas y gestionando los medios para promover modalidades de democracia en las que los ciudadanos puedan proponer y votar iniciativas políticas directamente y casi en tiempo real. Creíamos que las formas de democracia directa eran opciones complementarias a las modalidades de democracia representativa. Iba a ser un mundo en el que «la política siempre estaría presente». La realidad es que la democracia directa se ha convertido en una democracia mediatizada por las comunicaciones, es decir, por nuevos medios sociales de comunicación e información. En estas democracias digitales, los SMA (entendidos como grupos distribuidos, temporal y puntualmente, y reunidos alrededor de intereses comunes) se han multiplicado y convertido en fuentes de influencia externa para los Estados-nación. Los ciudadanos votan a sus representantes, pero influyen en ellos mediante encuestas de opinión en tiempo real. La construcción de consensos se ha convertido en una preocupación constante que se basa en información sincrónica.
Por las tres razones anteriormente expuestas (poder, geografía y organización), la posición única del Estado histórico como el agente informativo está siendo socavada desde abajo y suprimida desde arriba por el auge de los SMA que tienen los datos, el poder (y a veces hasta la fuerza, como en los muy distintos casos de la ONU, las amenazas de ciberataques o los ataques terroristas), el espacio y la flexibilidad organizativa para erosionar la influencia política de los Estados modernos, apropiarse de (parte de) su autoridad y, a largo plazo, convertirlos en algo redundante en contextos en los que en su día fue el único agente informativo o el predominante. La crisis griega, que comenzó a finales de 2009, y los agentes implicados en su gestión son un buen ejemplo: el Gobierno y el Estado griegos tenían que interactuar «por arriba» con la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, las agencias de calificación, etcétera, y «por abajo» con los medios de comunicación griegos y las multitudes congregadas en la plaza Syntagma, los mercados financieros y los inversores internacionales, la opinión pública alemana, etcétera.
Está claro que el Estado-nación histórico no va a renunciar a su papel sin luchar. En muchos contextos está intentando recuperar su primacía como superagente informativo que regula la vida política de la sociedad que organiza. En algunos casos, este intento es descarado. En el Reino Unido, el Gobierno laborista introdujo la primera ley de documento de identidad en noviembre de 2004. Tras varias fases intermedias, el 21 de enero de 2011, la Identity Cards Act fue derogada y sustituida por la Identity Documents Act 2010. El plan fallido de introducir un carné de identidad obligatorio en el Reino Unido debe leerse desde una perspectiva moderna y westfaliana. En muchos casos es una «resistencia histórica» sigilosa, como cuando una sociedad de la información, que se caracteriza por el papel esencial que desempeñan los bienes intelectuales e intangibles (economía del conocimiento), los servicios de información intensiva (servicios para empresas y propiedades, finanzas y seguros) y los sectores públicos (sobre todo educación, administración pública y atención sanitaria) es gestionada en gran medida por el Estado, que mantiene su papel de agente informativo principal ya no solo legalmente, sobre la base de su poder sobre la legislación y su implantación, sino también económicamente, sobre la base de su poder sobre la mayoría de los empleos basados en la información. La presencia invasora del llamado «capitalismo de Estado», con sus empresas de propiedad estatal en todo el mundo, desde Brasil a Francia, o China, es un síntoma evidente de anacronismo hiperhistórico.
Formas similares de resistencia solo parecen capaces de retrasar el inevitable ascenso de los SMA políticos. Por desgracia, esto puede acarrear grandes riesgos, no solo en el ámbito local, sino sobre todo global. Recordemos que las dos guerras mundiales pueden considerarse el fin del sistema westfaliano. Paradójicamente, mientras la humanidad se adentra en la era hiperhistórica, el mundo presencia el ascenso de China, un Estado soberano fundamentalmente «histórico», y el declive de Estados Unidos, un Estado soberano que, más que ninguna otra superpotencia, ya mostró en el pasado su vocación hiperhistórica y multiagente en su organización federal. Podríamos estar pasando de un consenso de Washington a un consenso de Pekín, descrito por Williamson como un capitalismo autoritario de Estado dirigido por las exportaciones con un incremento de las reformas, la innovación y la experimentación. Todo esto es peligroso, porque el historicismo anacrónico de las políticas chinas junto al crecimiento del hiperhistoricismo en la humanidad nos abocan a una confrontación. Puede que no llegue a conflicto, pero la hiperhistoria ya está aquí y, aunque todo apunta a que el Estado chino resurgirá de la confrontación profundamente transformado, solo cabe esperar que la inevitable fricción sea lo más indolora y pacífica posible. Las crisis económicas y sociales que atraviesan en la actualidad las sociedades de la información más avanzadas pueden ser, de hecho, el doloroso, aunque pacífico, precio a pagar para adaptarnos a un futuro orden posconsenso de Washington.
La conclusión anterior es válida para los Estados históricos en general: en el futuro veremos adquirir cada vez más protagonismo a los SMA políticos, mientras que los Estados dejarán poco a poco de resistirse a los cambios hiperhistóricos y evolucionarán ellos mismos hacia SMA. Buenos ejemplos de ello son la cesión de competencias o la creciente tendencia a convertir los bancos centrales, como el Banco de Inglaterra o el Banco Central Europeo, en organizaciones públicas independientes.
Ha llegado el momento de analizar más a fondo la naturaleza de los SMA políticos y algunas de las cuestiones que ya están planteando su aparición.

Los SMA políticos

El SMA político es un sistema constituido por otros sistemas(4) que, como agente único, es:
a) Teleológico: el SMA tiene un objetivo, que persigue a través de sus acciones.
b) Interactivo: el SMA y su entorno pueden interactuar de forma recíproca.
c) Autónomo: el SMA puede cambiar sus configuraciones sin dar una respuesta directa a la interacción, mediante transiciones internas para cambiar sus estados. Esto dota al SMA de cierto grado de complejidad e independencia respecto a su entorno.
d) Adaptable: las interacciones del SMA pueden alterar las reglas por las que el SMA cambia sus estados. La adaptabilidad asegura que el SMA aprende su propio modo de funcionamiento de una manera que depende esencialmente de su experiencia.
El SMA político se convierte en inteligente (en el sentido de que aprende) cuando implanta las funciones a-d con eficiencia y eficacia, minimizando recursos, desperdicios y errores, y a la vez maximizando los resultados de sus acciones. La emergencia de SMA inteligentes y políticos plantea muchas cuestiones transcendentales, cinco de las cuales merece la pena analizar aquí, aunque sea por encima: identidad y cohesión, consentimiento, espacio social frente a espacio político, legitimidad y transparencia (el SMA transparente).

Identidad y cohesión

A lo largo de la modernidad, el Estado ha abordado el problema de establecer y mantener su propia identidad trabajando sobre la ecuación Estado = Nación, a menudo a través del medio legal de la ciudadanía y la narrativa retórica del espacio (la madre patria) y el tiempo (narrativa en el sentido de tradiciones, celebraciones recurrentes de acontecimientos pasados que han levantado la nación, etcétera). Consideremos, por ejemplo, la introducción del servicio militar obligatorio durante la Revolución francesa, su creciente popularidad en la historia moderna, y pensemos a continuación en el número, cada vez menor, de Estados soberanos en los que sigue siendo obligatorio hoy. El servicio militar obligatorio transformó el derecho a hacer la guerra, de un problema eminentemente económico —por ejemplo, los banqueros florentinos financiaron a la Corona inglesa durante la guerra de los Cien Años (1337-1453)— pasó a ser un problema también legal: el derecho del Estado a enviar a sus ciudadanos a morir en su nombre, convirtiendo así la vida humana en el penúltimo valor disponible para el último sacrificio en aras del patriotismo. «Por el Rey y la Patria» es un signo de anacronismo moderno al que siguen cayendo en la tentación de recurrir, en momentos de crisis, los Estados soberanos para avivar el nacionalismo acerca de enclaves geográficos insignificantes, a menudo un islote que no merece ningún sacrificio humano, como las Malvinas o las islas Senkaku o Diaoyu.
La ecuación entre Estado, nación, ciudadanía y tierra/historia tuvo la ventaja extra de proporcionar una respuesta a un segundo problema, el de la cohesión, ya que no solo responde a la pregunta de quién o qué es el Estado, sino también a la de quién o qué pertenece al Estado y por tanto está sometido a sus normas, políticas y acciones. Los nuevos SMA políticos no pueden confiar en la misma solución. De hecho, se enfrentan a otro problema, el de hacer frente al desacoplamiento de su identidad política y su cohesión. La identidad política de un SMA puede ser muy fuerte y, sin embargo, no guardar ninguna relación con su cohesión intermitente y algo imprecisa, como es el caso del movimiento Tea Party en Estados Unidos. La identidad y la cohesión de un SMA político pueden ser sin duda débiles, como en el movimiento internacional Occupy. O se puede advertir una fuerte cohesión sin una clara identidad política, como en el caso de la multitud de tuiteros y su papel durante la Primavera Árabe. La identidad y la cohesión de un SMA político se establecen y mantienen compartiendo información. La Tierra es virtualizada en la región de la infoesfera en la que opera el SMA. Así la Memoria (registros recuperables) y la Coherencia (actualizaciones fiables) del flujo de información permiten a un SMA político reivindicar cierta identidad y cierta cohesión, y por tanto ofrecer un sentido de pertenencia. Pero sobre todo es el hecho de que las fronteras entre online y offline se estén difuminando, la aparición de la experiencia onlife y que como consecuencia la infoesfera virtual pueda afectar políticamente al espacio físico lo que refuerza el sentido del SMA político como agente real. Si Anonymous tuviera solo una existencia virtual, su identidad y su cohesión serían mucho menos fuertes. Los hechos proporcionan un equivalente vital al flujo de información virtual para garantizar la cohesión. Una ontología de las interacciones sustituye a una ontología de las entidades, o, mediante un juego de palabras, las –ings o sufijo –ando (como en interact-uando, proces-ando, interconect-ando, hac-iendo, si-endo, etcétera) sustituyen a las cosas (things).

Consentimiento

Una consecuencia importante de la desintegración de la ecuación «SMA político = Estado-nación = Ciudadanía = Tierra = Historia» y el desacoplamiento de la identidad y la cohesión en un SMA político es que el viejo problema teórico de cómo consentir que nos gobierne una autoridad política se ve desde una nueva perspectiva. En el marco histórico de la teoría del contrato social, la supuesta actitud por defecto es la de una dejación legal: existe algún tipo de consentimiento original (a concretar) a priori presuntamente concedido (atendiendo a una serie de motivos) por un individuo al Estado político para ser gobernado por este último y sus leyes. El problema es entender cómo se da este consentimiento y qué sucede cuando un agente, sobre todo un ciudadano, decide no aceptarlo (se sitúa fuera de la ley). En el marco hiperhistórico, la actitud por defecto esperada es optar por la integración social, que se ejerce siempre que un agente se somete al SMA político de modo condicional y para un fin concreto. Simplificando mucho, estamos pasando de formar parte del consenso político a participar en él, y esta participación tiene una naturaleza cada vez más «justo a tiempo», «bajo demanda», «orientada a objetivos» y en absoluto permanente, no a largo plazo ni estable. Si hacer política se parece cada vez más a hacer negocios es porque, en ambos casos, el interlocutor, el ciudadano-consumidor necesita ser convencido cada vez. La actitud por defecto no es de pertenencia leal, y tiene que ser construida y renovada por igual para productos políticos y comerciales. Generar consentimiento alrededor de asuntos políticos concretos se convierte en un proceso de recaptación continua. No es una cuestión de medir la atención a la política —la queja generalizada de que las «nuevas generaciones» son incapaces de concentrar su atención en los problemas políticos carece de fundamento, ya que, después de todo, son las generaciones que se han atiborrado de televisión—, sino de suscitar interés una y otra vez sin caer en la inflación semántica (una crisis más, una emergencia más, una revolución más, etcétera) ni la fatiga política (¿cuántas veces hay que intervenir urgentemente?). El problema es, por tanto, entender qué puede motivar repetidamente o incluso forzar a los agentes (una vez más, no solo seres humanos individuales, sino todo tipo de agentes) a dar su consentimiento y comprometerse, y lo que sucede cuando los agentes, no comprometidos por defecto (nótese que no uso «desvinculados», ya que esto implicaría un estado previo de vinculación), prefieran quedarse al margen de las actividades del SMA político, ocupando una esfera social de «nonimato» (ausencia de «anominato») civil pero apolítico. No entender la transformación previa de la autoexclusión histórica hasta la integración hiperhistórica significa que tampoco es probable que se entienda la aparente incoherencia entre el desencanto individual con los políticos y la popularidad de los movimientos globales, las movilizaciones internacionales, el activismo, el voluntariado y otras fuerzas sociales con enormes implicaciones políticas. No es la política en sí misma la que está moribunda, sino la política histórica, que se basa en partidos, clases, funciones sociales fijas y el Estado-nación, que buscó la legitimación política solo en una ocasión y la fue consumiendo hasta que fue derogada. El sutil desplazamiento continuo hacia el llamado centro político por parte de los partidos en las democracias liberales de todo el mundo, así como las estrategias «Get out the vote» (GOTV es el acrónimo en inglés de esta estrategia que hace referencia a la movilización de votantes propios y a asegurarse de que acuden a votar) son pruebas de que el compromiso tiene que renovarse y ampliarse de manera constante para ganar unas elecciones. Ser militante de un partido (y también de un sindicato) es una situación moderna que probablemente se hará cada vez menos común.

Espacio social frente a espacio político

Entender la anterior inversión de actitudes por defecto significa que nos enfrentamos a otro problema. De nuevo simplificando mucho, en la prehistoria los espacios social y político se solapaban porque en una sociedad sin Estado no existe una diferencia real entre relaciones sociales y políticas, de ahí las interacciones. En la historia, el Estado intenta mantener esa extensión compartida ocupando políticamente, como un SMA informativo, todo el espacio social, estableciendo por tanto la primacía de lo político sobre lo social. Esta tendencia, si no se controla o se compensa, puede dar lugar a totalitarismos (por ejemplo, la Italia de Mussolini), o al menos a democracias deterioradas (por ejemplo, la Italia de Berlusconi). Ya hemos visto antes que dicha extensión compartida y su control pueden basarse en estrategias normativas o económicas, mediante el ejercicio del poder, la fuerza y la imposición de normas. En la hiperhistoria, el espacio social es el espacio original por defecto desde el que los agentes pueden moverse hacia (dar su consentimiento a) una unión con el espacio político. No es accidental que conceptos como sociedad civil (en el sentido poshegeliano de sociedad no política), esfera pública (también en un sentido no habermasiano) y comunidad adquieran cada vez más importancia en la medida en que nos vamos acercando al contexto hiperhistórico. El problema es entender ese espacio social en el que se supone que interactúan agentes de distintos tipos y que provoca la aparición de SMA políticos.
Cada agente, como ya he explicado, tiene cierto grado de libertad. No me refiero a libertad, autonomía o autodeterminación, sino más bien, en un sentido mecánico, más humilde, a determinadas capacidades o habilidades apoyadas con los recursos apropiados, para participar en acciones concretas con fines concretos. Por usar un ejemplo elemental, una máquina de café solo tiene un cierto grado de libertad: puede hacer café siempre que se le suministren los ingredientes correctos y la energía necesaria. La suma de los grados de libertad de un agente es su «agencia». Cuando el agente está solo, hay agencia, pero no espacio social, y mucho menos político. Imaginemos a Robinson Crusoe en su «isla de la Desesperación». Sin embargo, en cuanto haya otro agente (Viernes, en la «isla de la Desesperación») o un grupo de agentes (los nativos caníbales, los náufragos españoles, los amotinados ingleses), la agencia adquiere el valor de interacción entre múltiples agentes (es decir, social): las prácticas y después las normas para coordinar y limitar los grados de libertad de los agentes se vuelven algo esencial, en principio para el bienestar de los agentes que constituyen el SMA y luego para la buena marcha del propio SMA.
Observemos la deriva en el nivel de análisis: una vez que surge el espacio social, empezamos a considerar el grupo como grupo —una familia, una comunidad o una sociedad— y las acciones de los agentes individuales que lo componen se convierten en elementos que nos llevan a los grados de libertad recién establecidos en el SMA, o la agencia. El sencillo ejemplo utilizado antes puede servir también aquí. Consideremos ahora una máquina de café y un temporizador. Por separado son dos agentes con su propia agencia, pero si se sincronizan correctamente y se coordinan en un SMA, el agente emisor tiene la nueva agencia de hacer café a una hora determinada. Ahora es un SMA con una capacidad más compleja y que puede funcionar bien o no.
Un espacio social es, por tanto, la totalidad de los grados de libertad de los agentes que se quieran tener en cuenta. En la historia, esta consideración —que es en realidad otro nivel de análisis— quedó determinada, en gran medida, física y geográficamente en términos de presencia en un territorio, y en consecuencia también por diferentes formas de vecindad. En el ejemplo anterior, todos los agentes que interactúan con Robinson Crusoe son tomados en consideración debido a la naturaleza de sus relaciones (son más o menos interactivos dependiendo de su grado de libertad) con la propia «isla de la Desesperación». Ya hemos visto que las TIC han cambiado todo esto. En la hiperhistoria, dónde trazar la línea que incluya, o bien excluya, a los agentes cuyos grados de libertad constituyan el espacio social es cada vez más una cuestión de elección al menos implícita, cuando no claramente explícita. En consecuencia, el fenómeno de la moralidad distribuida, que engloba también el de la responsabilidad distribuida, es cada vez más común. En cualquier caso, en la historia o la hiperhistoria, lo que cuenta como espacio social puede ser un movimiento político. La globalización es una desterritorialización en este sentido político.
Si ahora pasamos al espacio político en el que operan las nuevas SMA, sería un error considerarlo un espacio aparte, independiente del espacio social: ambos están determinados por la misma totalidad de agentes con sus grados de libertad. El espacio político emerge cuando la complejidad del espacio social —entendido en términos de número y tipos de interacciones y de agentes implicados, y del grado de reconfiguración dinámica de agentes e interacciones— requiere la prevención o resolución de potenciales divergencias y la coordinación o colaboración acerca de potenciales convergencias. Ambas son cruciales. Y en cada caso se necesita más información en cuanto a representación y deliberación sobre una compleja multitud de grados de libertad. El resultado es que el espacio social se politiza a través de su informatización.

Legitimidad

Cuanto los agentes del espacio social llegan a un acuerdo sobre cómo gestionar las divergencias (conflictos) y convergencias, el espacio social adquiere la dimensión política a la que estamos tan acostumbrados. Aunque aquí acechan dos errores potenciales.
El primero, llamémoslo hobbesiano, es considerar la política solo como la prevención de la guerra por otros medios, para invertir la famosa frase de Carl von Clausewitz según la cual «la guerra es la continuación de la política por otros medios». No es este el caso, ya que incluso una compleja sociedad de ángeles (el hombre es un lobo para el hombre) también necesitaría normas para perfeccionar esa armonía. Las convergencias también exigen política. Metáforas aparte, la función de la política es solo gestionar los conflictos ocasionados por el ejercicio del grado de libertad de cada uno de los agentes en la consecución de sus objetivos. Por encima de todo es, o al menos debería ser, avanzar en la coordinación y la colaboración entre los distintos grados de libertad sin recurrir a la coacción ni a la violencia.
El segundo error potencial, al que podríamos llamar rousseauniano, es que puede parecer que el espacio político no es más que el espacio social organizado por la ley. En este caso, el error es más sutil. Por lo común, asociamos el espacio político a las normas o leyes que lo regulan aunque estas últimas no constituyan, en sí mismas, espacio político. Comparemos dos casos en los que las normas determinan un juego. En el ajedrez, las normas no solo limitan el juego, son el juego en sí porque no resultan una actividad previa, sino que son las condiciones necesarias y suficientes que determinan los únicos movimientos que se pueden hacer legalmente. En fútbol, sin embargo, las normas sí proceden de limitaciones anteriores, ya que los agentes gozan de un grado de libertad básico y previo, que consiste en su capacidad de golpear un balón con el pie con el fin de marcar un gol, lo que se supone que está regulado en las normas. Mientras que en el ajedrez, aunque es físicamente posible, no tiene mucho sentido colocar dos peones en un mismo cuadro del tablero de ajedrez, nada impidió a Maradona marcar un gol infame usando la mano en el partido entre Argentina e Inglaterra (Copa del Mundo FIFA 1986) y que un árbitro pasara por alto la infracción.
Una vez evitados los dos errores anteriores, es más fácil ver que el espacio político es ese área del espacio social limitado por los convenios alcanzados para resolver divergencias y coordinar convergencias. Esto nos lleva a considerar más a fondo la transparencia de los SMA, sobre todo cuando, como pasa en esta época de transición, el SMA en cuestión sigue siendo el Estado.

El SMA transparente

Hay dos sentidos en los que el SMA puede ser transparente. No es nada extraño que ambos procedan de las TIC y la ciencia informática (Turilli y Floridi 2009), un ejemplo más de cómo la revolución de la información está cambiando nuestros esquemas mentales.
Por un lado, el SMA (pensemos en un Estado-nación, y también en agentes corporativos, multinacionales o instituciones supranacionales, etcétera) puede ser transparente en el sentido de que pasa de ser una caja negra a una caja blanca. Otros agentes (los ciudadanos cuando el SMA es el Estado) no solo pueden ver datos de entrada y datos de salida; por ejemplo, niveles de ingresos fiscales y gasto público también pueden vigilar cómo el SMA (en nuestro ejemplo, el Estado) funciona internamente. Esto no es ninguna novedad. Fue un principio que ya se popularizó en el siglo xix. Sin embargo, se ha convertido en un aspecto renovado de la política contemporánea debido a las posibilidades que abren las TIC. Este tipo de transparencia también se conoce como Gobierno Abierto.
Por otro lado, y este es el sentido más innovador que quisiera recalcar aquí, el SMA puede ser transparente en el mismo sentido en que lo es una tecnología (por ejemplo, una interfaz): invisible, no porque no esté ahí, sino porque proporciona sus servicios con tanta eficiencia, eficacia y fiabilidad que su presencia es imperceptible. Cuando algo funciona a la perfección, entre bastidores podría decirse, para asegurarse de que podemos operar todo lo eficiente y coherentemente que sea posible, que entonces tenemos un sistema transparente. Cuando el SMA en cuestión es el Estado, este segundo sentido de transparencia no debería verse como un modo de introducir subrepticiamente, con terminología diferente, el concepto de «Pequeño Estado» o «Pequeña Gobernanza». Por el contrario, en este segundo sentido, el SMA (el Estado) es tan transparente y tan vital como el oxígeno que respiramos. Se esfuerza por ser el mayordomo ideal.(5) No hay una terminología estándar para este tipo de SMA transparente que se vuelve perceptible solo por su ausencia. Quizá se pueda hablar de «Gobierno Amable». Esos SMA apoyarán mejor el tipo correcto de infraestructura ética (más adelante hablaré de esto) cuanto más transparentemente, es decir, de un modo abierto y amable, desarrollen el juego negociador a través del cual se hacen cargo de la cosa pública. Cuando este juego negociador falla, el resultado posible es un conflicto cada vez más violento entre las partes implicadas. Es una posibilidad trágica que las TIC han reconfigurado seriamente.
Con esto no queremos decir que la opacidad no tenga sus virtudes. Hay que ser prudentes para que el discurso sociopolítico no se vea reducido a diferencias de cantidad, calidad, inteligibilidad y utilidad de la información y las TIC. «Cuanto más, mejor» no es la única ni siempre la mejor regla empírica, dado que la retirada de información puede suponer a menudo una importante diferencia positiva. Ya encontrábamos la división de poderes del Estado en Montesquieu. Cada uno de ellos puede ser cuidadosamente opaco en el sentido correcto respecto a los otros dos. Porque puede ser necesario carecer de determinada información (o decidir voluntariamente no acceder a ella) para conseguir los objetivos deseados, como proteger el anonimato, garantizar un trato justo o implantar modelos de evaluación desprejuiciados. El famoso método de Rawls (1999), el «velo de la ignorancia», explota precisamente este aspecto de la información para desarrollar un enfoque imparcial de la justicia. Estar informado no es siempre una bendición, y podría incluso ser peligroso o erróneo, un elemento de distracción o perjudicial. La idea es que la opacidad no puede tomarse como una buena práctica en un sistema político, a menos que se adopte de manera explícita y consciente, demostrando que no es una simple traba.

Infraética

Parte de los esfuerzos éticos engendrados por nuestra condición hiperhistórica tiene que ver con el diseño de entornos que puedan facilitar las opciones, acciones o procesos éticos de los SMA. No se trata de ética de diseño. Es más bien un diseño proético, concepto que espero poder aclarar en las páginas que siguen. Ambos son liberales, aunque el primero puede ser un tanto paternalista en el sentido de que privilegia la facilitación del tipo correcto de opciones, acciones, procesos o interacciones en representación de los agentes implicados, mientras que el último no tiene por qué serlo, dado que privilegia la facilitación de la reflexión por parte de los agentes implicados en sus opciones, acciones o procesos. (6) Por ejemplo, el primero puede permitir a los individuos decidir no atenerse a la preferencia por defecto según la cual quien se saca el permiso de conducir también está dispuesto a ser donante de órganos. El último puede no autorizar a un individuo a sacarse el permiso de conducir si no decide antes si quiere o no donar sus órganos. En esta sección llamaré infraestructura ética o infraética a los entornos que pueden facilitar las opciones, acciones o procesos éticos. Llamaré la atención del lector hacia el problema de cómo diseñar el tipo correcto de infraética para los SMA emergentes. En contextos o casos distintos, el diseño de una infraética liberal puede ser más o menos paternalista. Mi argumento es que debe ser lo menos paternalista que las circunstancias permitan, aunque nunca menos.
Es un signo de los tiempos que los políticos hablen de infraestructuras hoy en día y a menudo tengan en mente las TIC. No están equivocados. Desde las fortunas empresariales hasta los conflictos, lo que hace funcionar las sociedades contemporáneas depende cada vez más de los bits y no de los átomos. Ya hemos visto todo esto. Lo que resulta menos obvio, aunque filosóficamente más interesante, es que las TIC parecen haber revelado un nuevo tipo de ecuación.
Consideremos el énfasis sin precedentes que las TIC han dado a fenómenos cruciales como la confianza, la privacidad, la transparencia, la libertad de expresión, la apertura, los derechos de propiedad intelectual, la lealtad, el respeto, la fiabilidad, la reputación, el imperio de la ley, etcétera. Estos conceptos probablemente se entienden mejor en términos de una infraestructura que está ahí para facilitar o impedir (reflexionar sobre ello) la conducta moral o inmoral de los agentes implicados. Así pues, al situar nuestras interacciones informativas en el centro de nuestras vidas, las TIC parecen haber desvelado algo que, por supuesto, siempre ha estado ahí, pero de manera menos visible: el hecho de que la conducta moral de una sociedad de agentes es también una cuestión de «infraestructura ética» o simplemente infraética. Hemos pasado por alto un aspecto importante de nuestras vidas morales y, de hecho, muchos conceptos y fenómenos relacionados han sido tratados de forma equivocada como si solo fueran éticos, cuando en realidad son probablemente más infraéticos. Para usar un término de la filosofía de la tecnología, tienen una naturaleza de uso dual: pueden ser moralmente buenos, pero al mismo tiempo malos (ahora explicaré más). La nueva ecuación indica que, al igual que los sistemas corporativos y de administración en una sociedad económicamente madura requieren cada vez más infraestructuras (transportes, comunicaciones, servicios, etcétera), también las interacciones morales precisan cada vez más una infraética en una sociedad informativamente madura.
La idea de una infraética es simple, pero puede confundir. La ecuación anterior ayuda a aclararlo. Cuando un economista y un politólogo hablan de «Estado fallido», puede que se refieran al fracaso de un estado-como-una-estructura en el cumplimiento de sus funciones básicas, es decir, ejercer el control sobre sus fronteras, recaudar impuestos, hacer cumplir la ley, administrar justicia, proporcionar educación, etcétera. En otras palabras, el Estado no consigue proporcionar bienes públicos (por ejemplo, defensa y policía) ni prestaciones de calidad (por ejemplo, sanidad). O (y este «o» disyuntivo es a menudo demasiado inclusivo y ambiguo) pueden hacer referencia al colapso de un estado-como-una-infraestructura o su entorno, lo que hace posible y fomenta el tipo correcto de interacciones sociales. Esto significa que pueden referirse al colapso de un sustrato de expectativas por defecto respecto a condiciones económicas, políticas y sociales, como el estado de derecho, el respeto a los derechos civiles, un sentido de comunidad política, el diálogo civilizado entre personas de ideas diferentes, los modos de alcanzar la resolución pacífica de tensiones étnicas, religiosas o culturales, etcétera. Todas estas expectativas, actitudes, prácticas, es decir, esta «infraestructura socio-política» implícita que nosotros damos por segura, proporciona un ingrediente vital para el éxito de cualquier sociedad compleja. Desempeña un papel crucial en las interacciones humanas, comparable al que estamos acostumbrados a atribuir a las infraestructuras físicas en economía.
Por eso, la infraética no debe interpretarse en términos marxistas, como si fuera una mera actualización de la vieja idea de «base y superestructura», porque los elementos en cuestión son completamente diferentes: tratamos de acciones morales y de facilitadores aún-no-morales de dichas acciones morales. Tampoco debe interpretarse en términos de una especie de discurso normativo de segundo orden sobre ética, porque es la estructura aún-no-ética de expectativas, actitudes y prácticas implícitas lo que puede facilitar y promover decisiones y acciones morales. Al mismo tiempo, tampoco sería acertado pensar que una infraética es moralmente neutra. Al contrario, tiene una naturaleza de doble uso, como ya adelanté: puede facilitar e impedir acciones moralmente buenas y moralmente malas, y hacerlo en diferentes grados. En el mejor de los casos, es la grasa que lubrica el mecanismo moral. Es más probable que esto ocurra cuando tener una naturaleza «de doble uso» no signifique que cada uso es igualmente probable, es decir, que la infraética en cuestión aún no sea neutra, ni meramente positiva, sino que muestre la tendencia a generar más bien que mal. Si esto es confuso, pensemos en la naturaleza de uso dual no en términos de equilibrio, como una moneda ideal que siempre ofrece caras y cruces, sino como una copresencia de dos desenlaces alternativos, uno de los cuales es más plausible que el otro, como en una moneda en la que es más probable que aparezcan caras que cruces. Cuando una infraética tiene una naturaleza «de uso dual tendencioso», es fácil confundir la ética con la infraética, dado que lo que ayuda al bien a florecer y lo que ayuda al mal a echar raíces comparten una misma naturaleza.
Cualquier sociedad compleja de éxito, sea la Ciudad de los Hombres o la Ciudad de Dios, depende de una infraética implícita. Esto es peligroso, porque la importancia creciente de la infraética puede conducir al siguiente peligro: que la legitimación del terreno ético se base en el «valor» de la infraética que se supone que lo respalda. Respaldo suele confundirse con cimientos, y puede incluso aspirar al papel de legitimador, llevándonos a lo que Lyotard criticaba como mera «performatividad» del sistema, independiente de los valores reales deseados y buscados. La infraética es la sintaxis vital de la sociedad, pero no su semántica, para usar una distinción popular en inteligencia artificial. Se trata de la forma estructural, no de los contenidos significativos.
Ya vimos que incluso en sociedades habitadas solo por ángeles, es decir, por agentes morales perfectos, seguirían siendo necesarias normas para la colaboración. En teoría, a saber, cuando uno asume que los valores moralmente buenos y la infraética que los promueve pueden estar separados (una abstracción que nunca se produce en la realidad pero que facilita nuestro análisis), puede existir una sociedad cuyos habitantes fueran todos nazis fanáticos que disfrutaran de altos niveles de confianza, respecto, fiabilidad, lealtad, privacidad, transparencia e incluso libertad de expresión, apertura y libre competencia. Claramente, lo que queremos no es solo el mecanismo de éxito que proporciona una correcta infraética, también la combinación coherente entre esto y valores moralmente buenos, como los derechos civiles. Por eso es tan difícil conseguir un equilibrio entre seguridad y privacidad, por ejemplo, a menos que aclaremos antes si estamos resolviendo una tensión dentro de la ética (seguridad y privacidad como derechos morales), dentro de la infraética (ambos se consideran facilitadores aún-no-éticos), o entre infraética (seguridad) y ética (privacidad), como yo sospecho. Por usar otra analogía: las mejores tuberías (infraética) pueden mejorar el caudal pero no la calidad del agua (ética), y un agua de la máxima calidad se desperdicia si las tuberías están oxidadas o picadas. De modo que crear el tipo correcto de infraética y mantenerlo es uno de los retos cruciales de nuestro tiempo, porque una infraética no es moralmente buena en sí misma, sino la vía más probable de proporcionar bien moral si se diseña y se combina con los valores morales correctos. El tipo correcto de infraética debe estar ahí para respaldar el tipo correcto de axiología (teoría del valor). Sin duda parte constituyente del problema relativo al diseño de los SMA apropiados.
Cuanto más compleja se vuelve una sociedad, más importante y, por ende, más relevante es el papel de una infraética bien diseñada, y no obstante parece que es ahí donde estamos fallando. Consideremos el reciente Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional relativo a las normas internacionales que protegen los derechos de propiedad intelectual. Al centrarse en hacer respetar los derechos de propiedad intelectual (DPI), los defensores del ACTA pasaron por alto que iban a socavar la infraética que esperaban impulsar, una que fomentara algunos de los mejores y más conseguidos aspectos de nuestra sociedad de la información. Promovería la inhibición estructural de algunas de las más importantes libertades positivas del individuo y su capacidad de participar en la sociedad de la información, desarrollando así todo su potencial como organismos de información. A falta de una palabra mejor, el ACTA promovería una forma de informismo comparable a otras formas de inhibición de la agencia social, como el clasismo, el racismo o el sexismo. A veces, una defensa del liberalismo puede ser inadvertidamente antiliberal. Si queremos hacerlo mejor, tenemos que conocer aquellos problemas que, como los DPI, forman parte de la nueva infraética para la sociedad de la información. Su protección tiene que encontrar un punto equilibrado dentro de la compleja infraestructura legal y ética que ya está aquí y evoluciona constantemente y dicho sistema tiene que ponerse al servicio de valores nobles y conductas morales. Esto exige determinar un compromiso, dentro de una infraética liberal, entre los que ven la nueva legislación (por ejemplo, el ACTA) simplemente como el acatamiento de obligaciones legales y éticas ya existentes (en este caso, de anteriores acuerdos comerciales) y los que la consideran una erosión grave de las libertades civiles éticas y legales existentes.
En las sociedades hiperhistóricas, toda regulación que afecte al modo en que los individuos tratan la información está destinada a influir en la totalidad de la infoesfera y en el hábitat onlife. Por tanto, hacer respetar derechos (como los DPI) acaba siendo un problema medioambiental. Esto no significa que toda legislación sea por fuerza negativa. Y nos da una lección acerca de la complejidad de las cosas: desde que derechos como los DPI forman parte de nuestra infraética y afectan a la totalidad de nuestro entorno, entendido como infoesfera, las consecuencias voluntarias e involuntarias de su aplicación son de gran amplitud, interrelacionadas y trascendentales. Estas consecuencias tienen que analizarse con atención, porque los errores generarán enormes problemas con costes astronómicos para las generaciones futuras, tanto éticos como económicos. El mejor modo de manejar «desconocidos conocidos» o consecuencias inesperadas es ser cuidadoso, permanecer alerta, vigilar la evolución de las acciones emprendidas, así como estar preparado para reconsiderar cualquier decisión o estrategia con rapidez, en cuanto empiecen a notarse efectos perjudiciales. Festina lente («vísteme despacio, que tengo prisa»), como nos recomienda el adagio clásico. No hay una legislación perfecta, tan solo una legislación que puede ser perfeccionada con más o menos facilidad. Unos buenos acuerdos acerca de cómo dar forma a nuestra infraética deberían incluir cláusulas que contemplen actualizaciones periódicas.
Para terminar, es un error pensar que somos como forasteros gobernando un entorno diferente del que habitamos. Documentos legales (como el ACTA) nacen del interior de la infoesfera a la que afectan. Estamos construyendo, restaurando y renovando la casa desde dentro, o podría decirse que estamos reparando la canoa mientras navegamos en ella, por usar la metáfora que introduje al principio. Precisamente porque la totalidad del problema de respetar, infringir y hacer respetar derechos (como los DPI) es una cuestión infraética y medioambiental para sociedades de la información avanzadas, lo mejor que podríamos hacer para dar con la solución correcta sería aplicar al propio proceso el verdadero esquema infraético y los valores éticos que quisiéramos que promoviera. Esto significa que la infoesfera debe autorregularse desde dentro, no desde un exterior imposible.
BBVA, OpenMind. Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética. Floridi.Activista durante una manifestación contra el Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional que protege los derechos de propiedad intelectual a costa de una mayor vigilancia en las redes
Activista durante una manifestación contra el Acuerdo Comercial Antifalsificación (ACTA, por sus siglas en inglés), un tratado multinacional que protege los derechos de propiedad intelectual a costa de una mayor vigilancia en las redes

Conclusión: ¿la última de las generaciones históricas?

Hace seis mil años, una generación de humanos fue testigo de la invención de la escritura y el desarrollo de las condiciones que hicieron posibles las ciudades, los reinos, los imperios y los Estados-nación. Esto no es accidental. Las sociedades prehistóricas carecían de TIC y de Estado. El Estado es un fenómeno típicamente histórico. Surge cuando los grupos humanos dejan de vivir una existencia precaria en pequeñas comunidades y empiezan a vivir en la abundancia, en grandes comunidades que se convierten en sociedades políticas, con división del trabajo y con funciones especializadas, organizadas bajo alguna forma de gobierno, que usa la TIC para controlar los recursos, incluida esa clase tan especial de información llamada «dinero». Desde los impuestos a la legislación, desde la administración de justicia a la fuerza militar, desde el censo a las infraestructuras sociales, el Estado ha sido durante mucho tiempo el agente de información supremo y por eso he sugerido que la historia, y sobre todo en la modernidad, es la era del Estado.
Casi a mitad de camino entre el principio de la historia y nuestros días, Platón seguía buscando el sentido de dos cambios radicales: la codificación de los recuerdos mediante símbolos escritos y las interacciones simbióticas entre individuos y la polis o ciudad-Estado. En cincuenta años, nuestros nietos podrían considerarnos la última generación histórica organizada en Estados, de un modo no muy distinto a como consideramos nosotros a las tribus amazónicas mencionadas al principio, es decir, las últimas sociedades prehistóricas sin Estado. Puede transcurrir tiempo antes de que lleguemos a entender el verdadero alcance de estas transformaciones. Y esto es un problema, porque no tenemos otros seis milenios por delante. No podemos esperar a que aparezca otro Platón dentro de unos cuantos siglos. Estamos jugando un gambito ambiental con las TIC y no nos queda mucho tiempo para ganar la partida, porque el futuro de nuestro planeta corre peligro. Tenemos que actuar ahora.
Notas
1. De acuerdo con los datos sobre esperanza de vida al nacer para el mundo y los grupos principales de desarrollo desde 1950 a 2050. Fuente: División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales del Secretariado de Naciones Unidas, 2005, Proyecciones de población mundial, notas a la Revisión de 2004, Nueva York, Naciones Unidas, disponible online.
2. Según los datos de pobreza en el mundo, definida como el número y proporción de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día (precios de la década de 2000), de 2005 a 2008. Fuente: Banco Mundial y The Economist del 29 de febrero de 2012, disponible online.
3. Floridi y Taddeo (de próxima publicación). Clarke y Knake 2010 abordan los problemas de la ciberguerra y la ciberseguridad desde una perspectiva política que, aunque aquí calificamos de «histórica», resulta muy útil.
4. Para un análisis más detallado, véase Floridi 2011.
5. Sobre buen gobierno y las normas del juego político global, véase Brown y Marsden 2013.
6. He tratado de desarrollar una ética de la información en Floridi (2013). Para un análisis más introductorio, véase Floridi 2010.
BIBLIOGRAFIA
— Brown, I. y Marsden, C. T., Regulating Code: Good Governance and Better Regulation in the Information Age, Cambridge, Massachusetts, The MIT Press, 2013.
— Clarke, R. A. y Knake, R. K., Cyber War: The Next Threat to National Security and What to Do About It, Nueva York, Ecco, 2010.
— Floridi, L., The Philosophy of Information, Oxford, Oxford University Press, 2011.
— Floridi, L., The Ethics of Information, Oxford, Oxford University Press, 2013.
— Floridi, L. (ed.), The Cambridge Handbook of Information and Computer Ethics, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.
— Floridi, L. y Taddeo, M. (eds.), The Ethics of Information Warfare, Nueva York, Springer, 2014.
— Linklater, A., The Transformation of Political Community: Ethical Foundations of the Post-Westphalian Era, Oxford, Polity, 1998.
— Rawls, J., A Theory of Justice (ed. rev.), Cambridge, Massachusetts, Belknap Press of Harvard University Press, 1999.
— Steil, B., The Battle of Bretton Woods John Maynard Keynes, Harry Dexter White, and the Making of a New World Order, Princeton, Nueva Jersey Princeton University Press, 2013.
— Turilli, M. y Floridi, L., «The Ethics of Information Transparency», en Ethics and Information Technology, vol. 11, n.º 2, 2009, pp. 105-112.
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Floridi, L., "Hiperhistoria, la aparición de los sistemas multiagente (SMA) y el diseño de una infraética", en El próximo paso. La vida exponencial, Madrid, BBVA, 2016. 

 

Cuestiones éticas derivadas del mejoramiento humano

Cuestiones éticas derivadas del mejoramiento humano

Este artículo proporciona un análisis de las cuestiones éticas relativas al uso de las tecnologías de mejoramiento humano. Explica el reto que supone definir el mejoramiento humano, proponiendo a su vez una tipología de mejoras que problematicen la distinción entre terapia y mejoramiento. Se identifican tres niveles de preocupación ética: personal, profesional y social. Las inquietudes éticas personales abarcan discusiones sobre si resultan relevantes o no los medios para alcanzar objetivos en la vida. Las inquietudes éticas profesionales incluyen los códigos éticos que rigen la práctica médica y la ética de las prácticas culturales. Por último, las inquietudes sociales engloban la imparcialidad y la justicia, el “factor de repulsión”, las cuestiones éticas prácticas y la objeción de la suma cero. De principio a fin, el documento defiende que los mejoramientos humanos implican una reestructuración fundamental de la economía mundial dando lugar a una transformación de la manera en que las personas desarrollan sus vidas.

Introducción

Durante los últimos treinta años, el estado evolutivo y la trayectoria de la especie humana han sido cuestionados por los rápidos avances conseguidos en el campo de la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información y la ciencia cognitiva. Estas ciencias y tecnologías convergentes sugieren formas en las que la tecnología podría ayudar a las personas a “mejorarse” (Elliot 2003, Kramer 1994) de forma que transformasen lo que consideramos el funcionamiento típico de la especie para los seres humanos. Dichos modos de mejoramiento pueden incluir la modificación de nuestros cerebros para aumentar la memoria, el razonamiento, la modificación de nuestra biología para hacernos más resistentes a nuestro entorno o aportarnos nuevas capacidades, alargar la vida, o alteraciones de nuestra apariencia para hacernos más atractivos o estéticamente diferentes1. Intervenciones como la cirugía láser ocular, que puede resultar más que perfecta, la visión en alta definición o el uso de potenciadores cognitivos como el Ritalin, para ayudar a los estudiantes en la preparación de sus exámenes, sugieren cómo la humanidad se está adentrando en la era transhumana, en la que la biología se considera algo que se puede manipular a placer, dependiendo de los intereses del estilo de vida de cada persona y no de una necesidad médica. No obstante, quedan algunas preguntas sobre en qué grado está preparada la sociedad para aceptar este tipo de aplicaciones y cuáles serían las cuestiones éticas derivadas de las mismas.
La posibilidad del mejoramiento humano ha atraído una atención considerable por parte de estudiosos, medios de comunicación y legisladores, cada uno de los cuales ha debatido la conveniencia ética y moral de dichas circunstancias y las implicaciones sociales y jurídicas prácticas derivadas de una cultura del mejoramiento humano. De hecho, solo durante los diez últimos años, varios Gobiernos han investigado estas posibilidades, interesados en comprender la magnitud de estas tendencias para la sociedad. No se puede subestimar el alcance de estas implicaciones, ya que tanto defensores como detractores del mejoramiento humano reconocen que cambiarán los parámetros fundamentales de la existencia humana (Fukuyama 2002, Harris 2007). Por ejemplo, en un mundo en el que el logro surge más de la intervención tecnológica que del esfuerzo, se cuestiona el sistema de justicia que sostiene a la sociedad. Si un paciente puede solicitar a un médico que le asegure que su intervención terapéutica tendrá un resultado de mejora en lugar de meramente reparador, entonces el papel de la medicina y del sistema sanitario, junto con la relación entre el médico y el paciente, cambiará considerablemente.
Determinar la legitimidad y conveniencia de dichos cambios resulta crucial para una economía mundial, puesto que la transformación de los servicios sanitarios y el bienestar implícito del mejoramiento humano conllevan implicaciones relativas a la forma en la que la sociedad está organizada. De este modo, personas más sanas implicarán la posibilidad de una vida más larga, lo que a su vez, supone una población creciente y más envejecida. Esta situación tendrá un impacto en diversas prestaciones sociales y en la infraestructura económica general de una sociedad, haciendo que las personas y los Gobiernos deban revisar sus expectativas sobre la duración de la vida laboral, los aspectos económicos de los fondos de pensiones y la prestación de asistencia sanitaria. Puede que también influya en el tipo de vida de las personas, como por ejemplo en cuándo tendrán hijos o qué tipo de carrera profesional intentarán seguir. Por ello, las consecuencias del mejoramiento humano invaden todos los aspectos de la vida moderna, creando en los sistemas sociales demandas que pueden ocasionar su colapso, si no se replantean. Esta es la razón por la que resulta importante que los Gobiernos comprendan el surgimiento de las tecnologías de mejoramiento humano, con el fin de abordar sus implicaciones globales para el futuro de la humanidad.
Ya se han realizado diversas contribuciones relevantes a este debate desde diferentes campos, tales como la filosofía, las ciencias sociales y la política pública. Resulta útil resumir algunas de las principales preocupaciones articuladas por estas contribuciones, antes de ofrecer una crítica y la reestructuración de las prioridades clave que deberían interesar en los debates éticos, sociales, jurídicos y sobre políticas en este campo. No obstante, antes de hacerlo, la primera parte de este texto ofrece ciertas aclaraciones conceptuales sobre los diferentes tipos de mejoramiento humano. Estas aclaraciones ayudan a establecer algunos de los parámetros globales del debate ético sobre qué tipos de tecnología de mejoramiento resultan adecuados para su uso por las personas.

¿Qué son las mejoras humanas?

Una de las dificultades presentes en el debate sobre el mejoramiento humano es la falta de consenso sobre lo que significa un mejoramiento o mejora. A menudo se sostiene que la práctica éticamente cuestionable de las mejoras humanas se puede distinguir conceptualmente de la práctica más aceptada de la reparación o terapia humana. Sin embargo, resulta engañoso sugerir que la medicina siempre se ha limitado a meramente reparar, o que existe un acuerdo sobre la aceptabilidad de cómo la medicina se practica hoy en día. De hecho, la práctica médica contemporánea hace uso de una definición de salud avalada por el constructo sociocultural extendido del bienestar, que reconoce que las necesidades de la asistencia sanitaria no siempre tratan de una deficiencia fisiológica. En cambio, puede ser cuestión de cambiar las condiciones del estilo de vida lo que podría tener efecto sobre la salud. Prácticas como la fecundación in vitro para el tratamiento de la infertilidad, el aborto para evitar un trauma psicológico derivado de tener un hijo o el suicidio asistido por un médico para aliviar el sufrimiento de las personas al término de sus vidas son temas que forman parte de la práctica médica de hoy en día. No obstante, actualmente existe controversia sobre si estas intervenciones concuerdan con la verdadera función de la medicina.
Las consecuencias del mejoramiento humano invaden todos los aspectos de la vida moderna, creando en los sistemas sociales demandas que pueden ocasionar su colapso, si no se replantean
Del mismo modo, resulta incierto suponer que las coniciones tratadas por la medicina terapéutica se pueden separar del estilo de vida que el paciente haya llevado. Tanto si se trata de consumo de alcohol, bronceado excesivo, tabaquismo, falta de ejercicio o práctica de deportes de alto riesgo, la forma de vida de las personas determina su necesidad ocasional de asistencia médica. A tal efecto, la verdadera función de la medicina es hacer que las personas se adapten para seguir el tipo de vida que desean vivir, en lugar de hacer simplemente que las personas estén sanas en general. Por ejemplo, un bailarín puede necesitar fisioterapia para tratar una lesión derivada de su profesión, o un estudiante podría necesitar potenciadores cognitivos para tratar la ansiedad provocada por la posibilidad de exámenes complicados. Estos ejemplos muestran que, a menudo, no resulta posible considerar las intervenciones médicas aisladas de las circunstancias sociales.
A este respecto, se pueden identificar dos definiciones diferentes de la salud, la primera se basa en indicadores biomédicos de la necesidad médica, y la segunda pone de relieve las características bioculturales de la falta de salud. Para la primera, podría tenderse a discutir los indicadores biológicos de la buena y la mala salud, mientras que para la segunda, se defendería la salud como concepto social, en el que la intervención médica se explica con la ayuda de las condiciones sociales y culturales que determinan una evaluación sobre si el sujeto lleva un estilo de vida saludable o necesita asistencia médica. Varias formas de discapacidad constituyen buenos ejemplos de esto que, más allá del tratamiento médico de la condición, requiere ciertos cambios sociales para garantizar que los efectos debilitantes de la condición no empeoren a causa de sentimientos de exclusión o la incapacidad de funcionar dentro del mundo social.
Para resumir, resulta erróneo sugerir que la auténtica medicina solo trata a las personas de forma terapéutica, en la medida en la que esto puede ser comparado con el mejoramiento. De hecho, la medicina toma medidas preventivas con sujetos sanos, antes de que sea necesario el tratamiento sanitario, tal y como ocurre con las vacunas infantiles. Estos ejemplos revelan cómo por lo general la humanidad está predispuesta a buscar nuevas formas de intervención médica que alarguen la vida, aunque estas no sean lo que comúnmente se consideren mejoras humanas. Pensemos en otro ejemplo, la fluoración del agua corriente que se lleva a cabo habitualmente en numerosos países con el objetivo de reducir los niveles de deterioro de dientes y encías. Con el paso de los años, se ha incrementado la cantidad de flúor en el agua potable de muchos países, mientras que los hábitos e ingredientes de la dieta, junto a los niveles de higiene dental, pueden haber disminuido. No obstante, el hecho más general es que desde una perspectiva puramente económica, una de las contribuciones más efectivas que un país puede hacer a la salud bucodental y, en consecuencia, a la salud general de sus ciudadanos, es incluir flúor en el agua. En cada uno de estos ejemplos, nos encontramos ante intervenciones médicas que prueban los límites entre la terapia y el mejoramiento, pero cada una de ellas demuestra que la línea divisoria no está nada clara.
Asimismo, se puede sostener que la trayectoria natural de la práctica médica se acerca a una era de mejoramiento humano, ya que los humanos tienen una predisposición racional hacia la consecución de la vida más larga y más sana posible. De hecho, la condena social del suicidio como un interés irracional es prueba de ello. Para plantearlo de otra forma, cualquier persona que valore la vida, valorará su continuación y la búsqueda de los medios que puedan promover esta posibilidad, lo que se definiría, en un sentido más amplio, como tecnologías de mejoramiento humano. Así, la búsqueda para alcanzar estos objetivos concuerda con la premisa filosófica de que una vida que merezca la pena debe mantenerse el mayor tiempo posible.
Los ejemplos del flúor en el agua corriente o la vacunación infantil ponen asimismo de relieve el delicado equilibrio necesario para garantizar que un mejoramiento específico optimiza a la sociedad, en lugar de dañarla. De este modo, demasiado flúor en el agua corriente tendría un efecto perjudicial para la salud de las personas, tal y como podría ocurrir con la protección contra una determinada enfermedad mediante la vacunación que, en algunos países, podría derivar en una vulnerabilidad frente otra enfermedad. Es más, estos ejemplos se caracterizan igualmente por la falta de acuerdo sobre su valor. Por ejemplo, la fluoración del agua es considerada por algunos como algo inmoral en la medida en la que impide al consumidor escoger sus propias opciones sobre dicho mejoramiento. Incluso algunos países han decidido dejar de añadir flúor al agua corriente debido a las dudas sobre su eficacia.
En cualquier caso, estos ejemplos quedan fuera de lo que muchos podrían considerar el contenido clave del debate sobre el mejoramiento humano, el cual se refiere a la mejora de las condiciones biológicas en un grado suficiente como para cuestionar si las personas modificadas siguen siendo humanas. Esto implica la creación de nuevas capacidades humanas, alcanzadas únicamente mediante la tecnología o una mayor funcionalidad de las capacidades humanas conocidas. Cada una de estas posibilidades sugiere cómo la tecnología puede transformar a la especie hasta el punto de crear una nueva era poshumana y la supuesta diferencia entre tales personas y las poblaciones actuales, junto con la pérdida de humanidad esperada que muchos han mantenido que implicaría, es el elemento que origina las preocupaciones éticas. Esto no quiere decir que todas las formas de mejoramiento humano impliquen manipulación científica o tecnológica. Al fin y al cabo, algunos de los medios más eficaces de mejoramiento humano tienen poco que ver con la manipulación biológica directa, como la educación, una buena dieta o el ejercicio.
En respuesta, resulta importante reconocer cómo las características biológicas de la especie humana no han dejado de cambiar con el paso del tiempo. Más allá de la cuestión evolutiva general, los últimos cien años han traído consigo cambios drásticos en las condiciones de vida que han supuesto una transformación en el tipo de expectativas que tienen las personas sobre su salud. En resumen, lo que en la actualidad se considera una salud normal es totalmente diferente a lo que se pensaba hace doscientos años. Actualmente, las personas en países desarrollados pueden esperar superar muchas condiciones que anteriormente eran mortales, mientras que la esperanza de vida e incluso parámetros biológicos como la altura han cambiado significativamente. Muchos de estos cambios se han convertido en características constitutivas de la medicina moderna y se han alcanzado gracias a los descubrimientos científicos o las reflexiones que, nuevamente, se encuentran fuera de los debates sobre el mejoramiento humano, como los conocimientos sobre salubridad e higiene. Estos ejemplos han mejorado sin duda alguna a la humanidad, cuestionando de nuevo dónde centrar el debate sobre las preocupaciones éticas derivadas del mejoramiento humano.
Algunos de los medios más eficaces de mejoramiento humano tienen poco que ver con la manipulación biológica directa, como la educación, una buena dieta o el ejercicio.
Existe asimismo un reto normativo relativo al término mejoramiento humano en el sentido de que puede implicar un juicio de valor sobre algo que ha sido mejorado cuando, en realidad, esta afirmación ha sido refutada. De este modo, aunque podemos concluir acertadamente que tener unos dientes más sanos es, en cierta manera, una mejora de nuestra vida, la autonomía limitada que implica la fluoración a nivel nacional del agua corriente se puede considerar, bien pensado, como un coste excesivo. Hasta este punto, se trata de un juicio de valor en lugar de un llamamiento a los hechos, si la modificación se puede considerar acertadamente o no como un mejoramiento de la humanidad. De hecho, esta inquietud recurre a la idea de que lo importante no son las circunstancias de la vida en sí mismas sino los medios que utilizamos para disfrutarla, un tema que será analizado más detalladamente en el siguiente apartado.
En resumen, varios autores han intentado obtener un modelo a partir de la conceptualización de las mejoras humanas. Por ejemplo, Conrad y Potter (2004: 184) a través del estudio de las hormonas del crecimiento humano y la identificación de tres posibles usos “normalización, reparación y la ventaja en cuanto al rendimiento”. Sin embargo, a menudo los debates sobre situaciones futuristas en las que los humanos se convierten en un tipo de especie muy diferente se combinan con formas más inmediatas en las que la distinción entre terapia y mejoramiento está creando nuevas formas de bienestar que, no obstante, trastocan lo que consideramos como algo normal. Miah (2008) propone una tipología de mejoramiento humano que se divide en tres categorías principales, con subdivisiones adicionales en la categoría final. Esta tipología se modifica en la siguiente versión, basada en tres categorías principales, con una explicación detallada de las tres diferencias y, posteriormente, una aclaración sobre cómo contribuyen al debate ético sobre el mejoramiento humano.
  1. Mejora de la resistencia asociada a la salud (ej. fluoración del agua corriente o vacunaciones).
  2. Mejora de las capacidades funcionales del estilo de vida (ej. aumento de pecho, aumento de la altura).
  3. Mejoras más allá del funcionamiento típico de la especie.
    1. Ampliación de las capacidades humanas (ej. aumento de la altura).
    2. Diseño de nuevos tipos de funciones humanas (ej. cambio de color, poder volar).
      1. Dentro del dominio de la posibilidad biológica conocida (ej. capacidad de volar).
      2. Fuera de la capacidad biológica conocida (ej. capacidad de vivir en entornos sin gravedad).
En gran medida, esta tipología no coincide exactamente con los grados de la preocupación ética. No obstante, procura transmitir un conjunto de mejoras que comienza con ejemplos estrechamente asociados con la forma en la que se desarrolla la práctica médica en la actualidad, hacia intervenciones que podrían ser prácticas en el futuro. Igualmente, cualquier ejemplo único de una tecnología se puede incluir en varias categorías dependiendo de cómo se utilice. Por ejemplo, una pierna protésica puede proporcionar movilidad a la persona discapacitada (las categorías 1 y 2 están relacionadas) o permitirle correr más rápido que su homóloga biológica (categoría 3).
Entre estas categorías y subcategorías, existe una ambigüedad considerable sobre el lugar en que se podría encuadrar una intervención específica. De forma más concreta, cualquier caso particular de una intervención se podría incluir en cualquiera de estas categorías, dependiendo de su aplicación específica. Pensemos en un ejemplo que podría corresponder a la categoría 1 o a la 2: el ejercicio físico. Aquí, podríamos pensar en cuestionar la conveniencia ética de la defensa del ejercicio por parte de un médico dentro de la consulta, bien como potenciador de la resistencia relacionada con la salud, o bien como potenciador de las funcionalidades del estilo de vida. Después de todo, las pruebas para respaldar la afirmación de que el ejercicio mejora la salud son complejas. Por ejemplo, existen diferencias de opinión sobre cuánto ejercicio resulta óptimo. De igual forma, la necesidad de la sociedad de reducir la carga de la asistencia sanitaria podría llevar a tácticas coercitivas con el fin de garantizar que la gente haga ejercicio, lo que se consideraría poco ético. Así, el desarrollo de los créditos de salud en Estados Unidos, que están asociados a la cantidad de actividad física que realiza una persona, pueden considerarse como una imposición excesiva en la vida de un individuo. No obstante, tendría poco sentido discutir si es ético o no que una persona decida no realizar ningún ejercicio, si creyese que esto mejoraría su vida. De modo alternativo, negar el tratamiento por no haber llevado un estilo de vida que merezca asistencia médica, tal y como es el caso de las decisiones sobre alimentación y tabaquismo, puede violar el derecho de la persona a ser tratada sin prejuicios.
En conclusión, esta tipología muestra las diferencias existentes entre las formas en las que se pueden conceptualizar las mejoras, más allá de una simple distinción binaria entre la terapia y el mejoramiento. Esto puede ayudar en los debates sobre la ética del mejoramiento humano al limitar la discusión a las implicaciones pertinentes, en lugar de recurrir exageradamente a la amplia retórica de las situaciones transhumanas futuristas.

Las cuestiones éticas

Se han desarrollado debates éticos sobre el mejoramiento humano dentro de los distintos campos de obras publicadas, incluido el de la bioética, la ética animal, la ética medioambiental, las ciencias políticas y el estudio científico social de la medicina. Cada una de estas áreas aborda el significado del mejoramiento humano desde perspectivas bastante diferentes. Por ejemplo, Dvorsky (2008) sostiene que la capacidad de mejorar la biología humana debe implicar asimismo una obligación de “impulsar” también las capacidades del resto de los animales. De manera alternativa, la bioética ha mantenido que la posibilidad del mejoramiento humano exige que consideremos qué tipos de personas debería haber, aludiendo al uso potencial de las modificaciones o la selección genética de la línea germinal. Hasta este punto, no existe ningún conjunto único de cuestiones éticas que esté reflejado por todas las formas de mejoramiento. Por ejemplo, la mejora del rendimiento de un atleta en los deportes puede dar lugar a inquietudes éticas muy distintas si lo comparamos con la mejora de la altura de un niño para garantizar que alcanza un determinado nivel cercano a la altura media de la población. De manera alternativa, es probable que el mejoramiento genético albergue implicaciones diferentes desde el uso de un producto farmacéutico o un dispositivo protésico para conseguir un efecto similar. De hecho, los debates sobre la ética del mejoramiento humano ya están muy definidos sobre el énfasis que se debe dar a determinados tipos de mejoramiento, tales como las modificaciones neurológicas, bioquímicas o psicológicas.
Como tal, una visión general de las cuestiones éticas del mejoramiento humano debe tener en cuenta, en primer lugar, el hecho de que cabe, en el mejor de los casos, ofrecer únicamente un conjunto de preocupaciones generales que se puedan reflejar en ejemplos específicos de mejoramiento. Del mismo modo, mientras que algunas preocupaciones éticas implican a interesados claramente identificables, para otras, son mucho más difusas. Por ejemplo, al preguntar si un médico puede facilitar un mejoramiento humano para un paciente, uno recurriría a su código ético profesional para ayudarle a resolver esta pregunta. Un número muy reducido de otras partes interesadas resulta pertinente en este dilema moral, aunque puede implicar asimismo tener que recurrir a la conciencia moral del médico, tal y como se discute a menudo en los casos de abortos. En cambio, al preguntar si un mejoramiento genético de la línea germinal es moralmente sensato, puede que resulte necesario valorar los intereses del paciente junto con los de otros miembros de su familia, su comunidad, la sociedad y, quizás, incluso los de la población mundial, junto con los de futuras generaciones. Esto sucede porque dichas intervenciones pueden tener efecto en una población mucho más amplia, debido a la posible transferencia de una generación a la siguiente que puede acarrear dichas modificaciones.
Los debates sobre la ética del mejoramiento humano ya están muy definidos sobre el énfasis que se debe dar a determinados tipos de mejoramiento, tales como las modificaciones neurológicas, bioquímicas o psicológicas.
Asimismo, resulta necesario aclarar la relación entre moral y ética, puesto que suelen combinarse en los debates sobre mejoramiento humano. En términos generales, se discutirían las cuestiones éticas en el contexto de una comunidad de prácticas específica, tales como el código ético que sirve de base para la práctica de la medicina. De forma alternativa, la moralidad tiene que ver con cuestiones sobre valores más amplias para las que puede que no existan códigos formales que quebrantar. Por ejemplo, se podría tener una inquietud moral general sobre la posibilidad de una sociedad compuesta por personas mejoradas genéticamente, aunque esto podría suceder sin violar ningún código ético concreto. En los casos de infracciones morales, es más difícil determinar si se ha infringido un principio específico a través de una acción, o si las preocupaciones morales derivadas de ello son, en general, mayores que los beneficios obtenidos. Para tal fin, resulta mucho más difícil extraer una respuesta unánime sobre lo que debería hacer la gente, que es el motivo por el que una respuesta común a los complicados dilemas éticos es confiar en la opinión consensuada, a través de una determinada forma de decisión democrática representativa. No obstante, se puede encontrar ayuda para lograr extraer los principios éticos al estudiar las sociedades humanas y las normas que han surgido en torno al comportamiento dentro de su cultura. Al someter dichos descubrimientos a un proceso de equilibrio reflexivo, se puede desarrollar un sentido más claro de los principios éticos que deberían regir la toma de decisiones dentro de contextos prácticos.
Dadas estas complicaciones, ¿cómo debería distinguirse entre los distintos tipos de cuestiones éticas relacionadas con el mejoramiento humano? Un enfoque es tratar las mejoras humanas como cualquier otra forma de modificación biológica y someterlas al mismo escrutinio ético de la práctica que hace posible el mejoramiento. Por ejemplo, si la mejora va a utilizar las autotransfusiones de sangre como vía para incrementar la resistencia de un atleta que está corriendo un maratón, entonces uno puede referirse bien a la ética de las prácticas deportivas o a la ética de la práctica médica para determinar si resultan aceptables. Así, uno puede referirse a los principios éticos de los deportes o la medicina para averiguar si el tratamiento se puede llevar a cabo sin perjudicar otros valores. Sin embargo, uno también puede defender que el uso del mejoramiento humano es muy diferente a cualquier otra forma de modificación biológica, por lo que requiere un marco ético completamente distinto a partir del cual se pueda determinar su aceptabilidad. Esto se puede argumentar basándose, por así decirlo, en que los principios éticos médicos tradicionales se han establecido a partir del interés mínimo para hacer sentir bien a las personas, mientras que los objetivos del mejoramiento son bastante diferentes. No obstante, el enfoque excepcionalista encuentra un desafío práctico en el hecho de que muchas de las herramientas utilizadas para el mejoramiento humano están reguladas por aquellos que mantienen el primer punto de vista, según el cual cualquier uso de intervención médica para fines no médicos debe satisfacer las expectativas reguladoras de una asistencia médica normalizada. A este respecto, resulta exagerado esperar una revisión radical de este sistema de gobierno firmemente establecido sobre el uso de sustancias, productos o métodos médicos nuevos o implantados. De hecho, un cambio en este aspecto resulta todavía más improbable cuando se tiene en cuenta la posible fragilidad de las mejoras, que pueden requerir un seguimiento médico continuado y posibles correcciones.
Una vía alternativa hacia el establecimiento de un marco ético para las mejoras humanas es examinar cómo se ha desarrollado el debate, hasta ahora dentro de una gama de esferas intelectuales, tanto teóricas como prácticas, y ofrecer alguna forma de síntesis de los argumentos y las preocupaciones. Uno de los retos que presenta este enfoque es la falta de acuerdo sobre qué cuestiones éticas son las más prominentes. Además, basarse únicamente en lo que ya se ha identificado como preocupación ética clave puede pasar por alto una cuestión esencial que aún no haya sido descubierta. De hecho, este enfoque ha llevado a estudios específicos centrados en preocupaciones éticas concretas, hasta las omisiones de otras. No obstante, una revisión de la documentación del material publicado revela claras tendencias en lo que muchos comentaristas ven como las preocupaciones clave y resulta útil basarse en esta investigación previa. Aparece resumido de forma más adecuada en Allhoff et al. (2009), que enmarca la ética del mejoramiento humano bajo las categorías siguientes: libertad y autonomía, justicia y equidad, disrupción social, dignidad humana y buena vida, derechos y obligaciones, políticas y derecho (ibid.). Sin embargo, una de las dificultades que presenta este enfoque es que no distingue entre los distintos niveles de toma de decisiones que operan en torno a los dilemas éticos, desde el personal hasta el social.
En respuesta, los siguientes apartados ofrecen un análisis global de los diversos enfoques para la organización de las cuestiones éticas que implican las mejoras humanas. Está estructurado en base a tres categorías principales que proporcionan una heurística útil a través de la cual se identifican los distintos tipos de preocupaciones éticas. El supuesto no radica en que estos tres dominios se puedan separar claramente sino en que merece la pena clasificar las cuestiones éticas en categorías en función de lo que Singer (1981) describe como el “círculo creciente” de la preocupación moral. De este modo, separar estas cuestiones en distintas unidades puede ayudar a aclarar en dónde reside el dilema ético y qué tipo de acciones (individuales, profesionales o sociales) resultan necesarias. Una inquietud ética individual hace referencia directa al interés de la persona que está llevando a cabo las propias mejoras. La categoría correspondiente a las inquietudes profesionales hace referencia a la persona o institución que facilita la mejora, a través de la cual puede haber directrices formales sobre la conducta ética. Por último, las inquietudes sociales hacen referencia a intereses generales de la sociedad, que se pueden ver frustrados por la adopción del mejoramiento humano2. Dentro de cada una de estas categorías, los conceptos morales individuales se reflejan de formas ligeramente diferentes. Por ejemplo, una persona puede valorar si le parece moral o no utilizar simplemente la cirugía estética para el mejoramiento personal, mientras que la sociedad puede considerar si esto mejorará a la sociedad en general para permitir dicha cirugía. En cada caso, el equilibrio del razonamiento diferirá considerablemente, mientras que el principio ético seguirá siendo el mismo.

Inquietudes individuales

No se debería considerar controvertido defender que existen buenas razones sobre por qué los seres humanos querrían perfeccionarse en un sentido general. De hecho, tal y como he indicado anteriormente, los humanos siempre han buscado perfeccionarse, entre los métodos más comunes se encuentra la educación, el ejercicio y una buena dieta. Llevar a cabo estas búsquedas puede derivar en capacidades mucho mayores de las que uno podría tener y esto llevaría a su vez a una ventaja sobre los que han decidido no participar en dichas prácticas. A tal fin, ¿qué es, si es que hay algo, lo que distingue a los métodos aceptados de perfeccionamiento de los que generan una preocupación moral, como por ejemplo el consumo de drogas o la posibilidad de una modificación genética? En primer lugar, es importante comentar que resulta inadecuado idear normas morales aplicables a las personas en general. En realidad, las personas siempre actúan en contextos sociales diferentes en los que existen expectativas morales y éticas distintas. Por ello, un estudiante universitario puede ser también músico, líder de un grupo juvenil de una comunidad religiosa y asistente de ventas a jornada parcial en un comercio minorista. En cada una de estas esferas, las expectativas morales serán distintas, mientras que a su vez podrá haber cierta sensación de la existencia de una identidad propia abstracta que actúa en cada uno de estos campos. Se trata de una concreción importante a la hora de intentar determinar qué sería una elección ética a seguir, puesto que cualquier acción puede violar las expectativas éticas de una práctica pero no las de otra. De igual forma, resultaría ingenuo sugerir que este estudiante universitario puede tomar decisiones generales sobre su bienestar sin ser consciente de cómo afecta a su capacidad de funcionar en una de estas prácticas. Por ejemplo, el uso de un potenciador cognitivo para aprobar un examen puede violar el código ético de una universidad, en la realidad es poco probable, pero puede considerarse como un enriquecimiento de su rendimiento dentro de la orquesta, en donde existe una mayor ambivalencia sobre si dicho uso resulta ético o no. Los matices de cada vida individual constituyen un importante recordatorio que nos indica que a menudo no existen códigos éticos para regir nuestras vidas cotidianas. En cambio, se trata de marcos morales que pueden guiar nuestras acciones u organizar la conducta social.

Los medios importan

Un argumento común utilizado para rebatir el valor del mejoramiento humano es recurrir a la idea de que los medios a través de los cuales las personas consiguen sus objetivos importan. Como tal, si se adopta un atajo tecnológico para conseguir un objetivo determinado, esto podría disminuir su valor. Por ejemplo, si uno es montañero y decide alcanzar la cumbre de una montaña utilizando un helicóptero en lugar de su propio cuerpo, no solo ha tirado por tierra el valor de la hazaña sino que ni podríamos decir que haya escalado la montaña. Este argumento se extiende a muchas otras formas de mejoramiento, desde el uso del café para estar más atento cada día, hasta el de la cirugía estética para mejorar la apariencia personal. Sin embargo, en estos casos, el grado en el que el uso de estos medios resulta relevante varía considerablemente. Por ejemplo, si beber café permite que un científico llegue a un descubrimiento que, de otro modo, no hubiese conseguido, es poco probable que en este caso nos preocupe este hecho. En realidad, nuestro interés se centraría en el hecho de que se ha realizado un descubrimiento. De igual forma, si una persona utiliza la toxina botulínica (bótox) o cualquier otra forma de cirugía estética para mejorar su aspecto con el fin de aumentar sus posibilidades de atraer el interés de otras personas, sea por motivos románticos o profesionales, es poco probable que suscite una condena ética. Desde luego, puede invitar a una crítica moral al otorgar mayor importancia al valor de la apariencia que a otras cualidades, tales como la personalidad. No obstante, en esta área existe una diferenciación cultural considerable que limita el grado en el que se reprobarían dichas acciones como problemas morales. Por ello, si se desea criticar el uso del bótox, puede que también se deban criticar otros intentos de mejora de la apariencia personal, tales como utilizar ropa cara, maquillaje o incluso sonreír.
Los matices de cada vida individual nos indican que a menudo no existen códigos éticos para regir nuestras vidas cotidianas. En cambio, se trata de marcos morales que pueden guiar nuestras acciones u organizar la conducta social.
En cada uno de estos casos, el del montañero y el del usuario del bótox, no existen normas éticas que hayan sido infringidas, solo preocupaciones morales que pueden estar involucradas, o una escala de valores que se pueda quebrantar a causa de la modificación. Por ejemplo, la comunidad de montañeros no está definida por un código ético pero existe una escala de valores establecida en base a la cual se plantean diferentes expectativas sobre cómo sus miembros practican la actividad. A tal fin, es poco probable que justifique algún tipo de acción prohibitiva por parte del Estado. En cambio, para que una acción como esta resultase necesaria deberían producirse daños más graves a otras personas.

Una vida auténtica

Estrechamente vinculada a la preocupación de cómo una persona consigue sus logros, se encuentra la preocupación que ha sido a menudo estructurada en relación con las sustancias psicofarmacológicas, tales como el Prozac (Elliot 1999). En estos casos, se sostiene que constituyen formas inmorales de mejoramiento, puesto que transforman a una persona en alguien distinto y que, lógicamente, esta desconexión no resulta deseable. Estos argumentos se discuten en Elliott (1999), The President’s Council on Bioethics (2003) y De Grazia (2003). Esto puede tener algo que ver con el concepto sociológico del sí mismo (selfhood) que sitúa el significado dentro de nuestras vidas en las diversas formas en las que la gente cultiva sus identidades que, a su vez, se convierte en el locus o el punto fijo de la preocupación moral. De hecho, Riss et al. (2009, 495) descubre que las personas son “mucho más reacias a mejorar los rasgos que consideran más fundamentales para el autoconcepto […] que los rasgos considerados menos importantes para este”.
Esta conclusión refuerza el anterior argumento de que no existe ningún principio ético único sobre un perfeccionamiento concreto al que se pueda recurrir para determinar lo que resultaría éticamente adecuado que las personas hiciesen en general. Después de todo, una persona puede valorar su personalidad extrovertida mientras que otra podría detestarla. No obstante, en la medida en la que una vida se viva con el fin de limitar la posibilidad de afirmar que refleja la imagen de una persona, en contraposición a una imagen conseguida a través de una droga u otra forma de mejora, se podría defender que este tipo de vida resulta menos gratificante.

Futuro abierto

Otro motivo de cautela sobre un mejoramiento humano concreto es que pueda reducir exageradamente las posibilidades vitales de la persona. Mientras que se podrían plantear algunas preguntas sobre si dichas modificaciones se podrían denominar legítimamente mejoramientos, esto alude al hecho de que una mejora, como cualquier condición de la salud, puede tener una duración limitada, o puede mejorar únicamente determinadas elecciones del estilo de vida que se hacen. Esta preocupación es similar a la discutida por algunos autores en relación con el problema de la irreversibilidad. En este caso, el que un perfeccionamiento sea reversible puede ser motivo de cautela frente a su uso, suponiendo que se puedan tener distintas aspiraciones en el futuro que queden inutilizadas por el perfeccionamiento.
Esta cuestión tiene un alcance similar a lo que algunos filósofos denominan el principio de prudencia, por el que las decisiones sobre determinadas acciones se basan en lo que es más probable que genere beneficios a largo plazo, en lugar de en las ganancias inmediatas. De este modo, si una mejora humana proporcionase el éxito en una etapa temprana de la vida pero derivase en una incapacidad grave más adelante, uno podría ser cauteloso respecto a su uso. Un ejemplo típico de dichos perfeccionamientos podría ser el uso de medicamentos que generen un resultado a corto plazo, quizás estimulando la creatividad o la fuerza física, pero que podrían conllevar riesgos para la salud a largo plazo. En estos casos, Feinberg (2007) sostiene que se deberían restringir las modificaciones que violan el principio de preservación de un futuro lo más abierto posible.

Libertad morfológica

A pesar de estas preocupaciones, algunos autores han salido en defensa de lo que Sandberg (2001) describe como “libertad morfológica”, un concepto que debería acabar con otras preocupaciones éticas. En este caso, el argumento favorece la autonomía, defendiendo además que debería constituir un derecho humano, más que algo que el Estado deba controlar.
En resumen, es importante reconocer que la acción individual se desarrolla dentro de contextos sociales específicos, que, a su vez, pueden dictar la forma en la que se evalúa el contenido moral de cualquier perfeccionamiento humano. Esto puede parecer una postura relativista desde el punto de vista moral, pero, en realidad, reconoce la posibilidad de normas morales universales, reconociendo al mismo tiempo que no todas las decisiones se toman en las mismas condiciones. Esto se explica mejor a través de dos ejemplos en los que se utiliza el mismo tipo de mejoramiento humano. De este modo, consideremos la creación de una pierna protésica nueva, que pueda ser utilizada por dos personas diferentes, una es un atleta de élite, la otra no lo es. Si se supone que, en ambos casos, el dispositivo protésico puede hacer que una persona corra mucho más rápido que otra, tanto si se les considera o no discapacitados, resultará inmediatamente obvio cómo, para el atleta, esto supone un dilema ético que no resulta tan evidente para la persona que no lo es. Este último está interesado en la funcionalidad, en la vida diaria y no se encuentra en competencia directa con cualquier otra persona que pueda sentir que el nuevo miembro crea cierta injusticia. No obstante, el atleta participa en una práctica en la que los intereses del resto de participantes pueden verse frustrados por el uso de este nuevo dispositivo tecnológico, en parte debido a un acuerdo anterior realizado entre las partes sobre cómo debería participar.
Si trasladamos este caso a otras mejoras, será evidente cómo cambian las condiciones del debate. Por ejemplo, consideremos el uso de un potenciador cognitivo como el modafinilo, utilizado para tratar la narcolepsia pero que se puede emplear con fines no terapéuticos para mantener a una persona atenta durante periodos prolongados de agotamiento extremo. En este caso, el atleta podría, nuevamente, estar realizando una práctica moralmente discutible, en el caso de que la utilice para mejorar su rendimiento en la competición. Aún en este caso, la persona que no es un atleta podría estar infringiendo también cierta forma de justicia social, puesto que resulta difícil afirmar que no está compitiendo, en un sentido más amplio, con otras personas de la sociedad. Tanto si el no atleta va a trabajar en un banco o si es un jugador profesional de ajedrez, el medicamento milagroso perturba las condiciones de la competición puesto que aquellos que no lo utilizan se encuentran en situación de desventaja. El banquero puede aprovechar el mejoramiento para conseguir un ascenso en su trabajo o primas anuales, mientras que el jugador de ajedrez profesional puede conseguir reconocimiento mundial al batir a sus oponentes. Cada uno de ellos resulta tanto relevante como problemático a nivel moral.
El contexto del debate ético cambia cuando pensamos, por ejemplo, en el perfeccionamiento del personal militar, en el que obtener una ventaja sobre el enemigo es más una necesidad estratégica que una cuestión ética. En este caso, la ética de la guerra puede permitir el uso de dichas tecnologías de perfeccionamiento pero puede haber buenas razones por las que el Estado no debería permitir que su Gobierno exigiese a los soldados someterse a dichas transformaciones, puesto que esto socavaría el derecho del soldado a elegir o su autonomía personal. Sin embargo, se podría sostener que, por necesidad, el personal militar actúa dentro de un contexto en el que existe la aceptación de una autonomía reducida (acatamiento de órdenes, etcétera) justificando, quizás, su uso. Además, el uso de medicamentos que de otro modo resultaría poco ético suministrar a sujetos sanos, podría salvarles la vida en un contexto militar. Por ejemplo, un estimulante puede permitir que un soldado, inmerso en un periodo de privación del sue- ño, continuase su misión o evitase ser capturado. En este caso, se podría discutir la legitimidad de haber sido colocado en dicha situación pero a la hora de enfrentarse a las circunstancias, el compromiso ético de utilizar un medicamento frente al hecho de ser capturado parece resultar un intercambio razonable.
Existen muchos ejemplos de mejoramiento humano en los que los beneficios percibidos dependen del contexto. Así, uno de los desafíos a la hora de saber si es sensato o no realizar una mejora es tener la certeza dependiendo de los tipos de estilo de vida que la gente pretende seguir. Por ejemplo, la atroz práctica de alargar las piernas, cada vez más común en China, podría resultar útil si se aspira a convertirse en político, para lo que se exige una altura mínima de cerca de 1,74 m para los hombres y cerca de 1,62 m para las mujeres (Watts, 2004) pero tiene poco valor si se aspira a ser jockey. Aunque indudablemente existen muy pocos políticos chinos que pretendan convertirse en jockeys, es importante reconocer que muchas mejoras también impedirán el disfrute de determinadas oportunidades de otro estilo de vida.

Inquietudes profesionales

Los mejoramientos humanos que se basan en determinadas formas de adaptación científica o tecnológica incluyen también a una gama de profesionales cuya conducta se rige por estrictos códigos éticos. Esto puede abarcar la forma en la que la investigación y el desarrollo se ven respaldados por los procedimientos que se deben seguir antes de que una tecnología concreta pueda ser utilizada dentro de la sociedad. De hecho, constituye una dimensión fundamental del debate sobre el mejoramiento humano, puesto que muchas de las formas en las que la gente podría perfeccionarse implicarían la adaptación de intervenciones que, de otro modo, se limitan exclusivamente al uso terapéutico por autoridades reguladoras establecidas. Por lo tanto, para que el perfeccionamiento sea posible, será necesario llegar a un acuerdo sobre el valor de aplicar una intervención médica en el contexto no terapéutico o del mejoramiento. Evidentemente, esto ha sucedido en algunas áreas de la vida, especialmente en la cirugía estética o reparadora, que constituye una industria comercial próspera, aunque no está tan claro que decisiones similares se vayan a tomar dentro de poco en otros campos, tal y como sucede con el uso de productos farmacéuticos conocidos. De hecho, el desafío que nos encontramos aquí es que una de las piedras angulares de la investigación médica es que no implica a sujetos sanos. En este caso de mejoramiento, puede resultar necesario desarrollar productos que sean probados en sujetos sanos con el fin de garantizar que su uso es seguro. De forma alternativa, podría ocurrir que la forma en la que surgen los humanos perfeccionados sea mediante el uso de intervenciones terapéuticas, es decir, para los sujetos enfermos, a través de la intervención que les permitirá elevar el nivel de funcionalidad más allá de la norma bioestadística.
Uno de los retos a la hora de decidir si un profesional está infringiendo su código ético a la hora de realizar un mejoramiento humano es que el mérito de dicho mejoramiento resulta ambiguo. Por ejemplo, es razonablemente incontrovertible decir que la cirugía láser ocular es tanto beneficiosa como legal y que el resultado global mejora la vida del cliente/paciente. No obstante, incluso la cirugía láser ocular tiene beneficios solo durante un número limitado de años, tras los cuales es muy probable que el proceso de envejecimiento degrade la visión de tal forma que anule el efecto positivo de la cirugía. En este caso, parece ser un intercambio razonable. Sin embargo, si la cirugía láser ocular fuese a agravar la degradación derivada del proceso de envejecimiento, sus efectos positivos serían cuestionados. Una vez más, cabe esperar que se lleven a cabo normas razonables de seguridad y análisis sobre los costes y los beneficios, pero es el cliente quien decide el nivel de riesgo que desea asumir. En resumen, en ausencia de certezas, la autonomía personal será el principio orientativo que se debe seguir para la toma de dichas decisiones.

Inquietudes sociales

Puede que las cuestiones éticas principales que rigen el uso del perfeccionamiento humano estén relacionadas con cómo se gobierna su uso desde un punto de vista social. Por ello, con el fin de disponer de diversos mejoramientos, será necesario que el conjunto de responsables de la toma de decisiones desarrolle políticas que respalden su uso, lo que implica un sistema social a través del cual las personas puedan acceder a ellos a precios razonables. Esto es así tanto si la intervención incluye a un proveedor médico o no, como el caso de la cirugía o la simple ingesta de una pastilla sin receta. En cada uno de estos casos resulta probable cierta forma de control, en la medida en la que los efectos de la modificación puedan afectar a los resultados sanitarios generales de la persona.
Por supuesto, si no existe ningún daño en absoluto derivado del mejoramiento, este supuesto desaparecerá y será necesaria una estructura de regulación totalmente diferente, en caso de necesitar alguna. En cualquier caso, al aceptar que las sociedades probablemente implantarán normas en torno al uso de los mejoramientos, estas decisiones precederán a la decisión de la mayoría de las personas sobre si usarlos o no. Este aspecto es asimismo la razón por la que el desarrollo de las mejoras humanas preocupa a la comunidad mundial, ya que cada vez resulta más viable que una persona realice turismo médico o simplemente visite un país en el que las normas sobre el mejoramiento sean más liberales. En tal situación, la capacidad de mantener una política nacional restrictiva puede resultar más controvertida a nivel social que permitir su uso.

Equidad y justicia

Una de las primeras preocupaciones surgidas desde una perspectiva social sobre el mejoramiento humano es cómo se va a financiar. Como apoyo a dicha preocupación se encuentran las preguntas sobre la equidad y la justicia. Por ello, en un mundo en el que los sistemas sanitarios nacionales luchan para llegar a fin de mes y en el que la sanidad privada suele ser criticada por ser perjudicial para el bien común, la posibilidad de utilizar los fondos nacionales para mejorar a las personas puede parecer una ampliación de los recursos exagerada y, potencialmente, contraria al principio de solidaridad social. Desde luego, no cabe esperar que las necesidades de las personas que buscan un mejoramiento ganen a las de aquellos que buscan un determinado tipo de tratamiento médico a causa de una disfunción o padecimiento derivado de un problema de salud. Sin embargo, se podría sostener que hacer que las personas estén más que bien y, de hecho, garantizar que las futuras generaciones sean más resistentes a las enfermedades, podría aliviar, a largo plazo, la carga social del sistema sanitario. Así, también se podría defender que una sociedad no se puede permitir no mejorar la humanidad. Siendo esto cierto, las mejoras humanas se ofrecerían a todas las personas de forma similar a como la asistencia sanitaria nacional se ofrece hoy en día, siguiendo los principios de justicia distributiva. Sucesivamente, esto mitigaría la preocupación sobre las divisiones sociales entre ricos y pobres, que de otro modo se verían agravadas por una sociedad de mejoramientos con financiación privada. De manera indirecta, en cierta medida se conseguiría evitar una situación en la que las personas fuesen discriminadas por partir de una genética pobre, puesto que las mejoras estarían disponibles para todos.

El factor de repulsión

Otra preocupación social que surge a menudo es que el cambiar la humanidad mediante un mejoramiento humano minaría cierta cualidad fundamental de nuestra identidad humana que desearíamos conservar. Esto podría describirse como el razonamiento de la naturalidad (Barilan 2001; Reiss y Straughan, 1996; Takala 2004), aunque existen sutiles diferencias. De este modo, la preocupación relativa a que un mejoramiento humano pueda resultar contrario a cierta esencia natural podría no implicar la repulsión frente al artificio sino revelar una intuición subyacente que sostenga que hay algo en la biología humana que no debería ser modificado por miedo a alterar algo que pueda corromper alguna parte fundamental de la identidad humana. Incluso si el “factor de repulsión” es difícil de estructurar, algunos filósofos han defendido que dicha intuición profundamente arraigada tiene peso moral a la hora de decidir si realizar o no una modificación biológica, como por ejemplo, un mejoramiento. Concretamente, Kass (1997) lo describe como “la sabiduría de la repugnancia”, aunque se trata de un punto de vista que muchos han criticado. Al profundizar en esta inquietud, se encuentra fiabilidad en conceptos tales como la “dignidad humana” planteados con el fin de proclamar la existencia de una cualidad fundamental en la sensibilidad humana que debe ser conservada concediendo determinados derechos pero que también puede ser quebrantada al alterar la biología de un modo excesivo (Fukuyama 2002).
Existen otras inquietudes morales que a menudo sucumben a este temor al cambio biotecnológico, en particular, la visión de que al realizar dichos cambios se está “jugando a ser dioses”. En este caso, la ansiedad moral describe la preocupación de que al realizar tales cambios se está sobrepasando en cierto modo la autoridad delimitada de la humanidad en lo que respecta a su trayectoria evolutiva. En resumen, el razonamiento sostiene que puesto que los humanos no tienen ningún tipo de responsabilidad en su trayectoria evolutiva, sería ridículo intentar hacer cosas que, tal y como Harris (2007) las describe, perfeccionan la evolución. Argumentos como este se discuten a menudo, en mi opinión desacertadamente, en el contexto de la eugenesia y la idea de que las políticas estatales para el diseño de las personas plantearían los tipos de atrocidades morales asociados a la Alemania nazi, los experimentos con humanos y la indiferencia general ante ciertos tipos de personas sobre otras.

Preocupaciones prácticas

Existe una serie de problemas éticos prácticos asociados al mejoramiento humano que merecen una mención especial. Por ejemplo, si las sociedades son incapaces de implementar una regulación eficaz para el mejoramiento humano, esto podría dar motivos para restringir su uso. Una forma de razonamiento en esta área es el argumento de la “pendiente resbaladiza” (Burg 1991; Resnik 1994). De igual forma, la incapacidad para restringir el escrutinio del Estado podría ser un motivo adicional de preocupación moral sobre los mejoramientos. Por ejemplo, el uso de los potenciadores de la memoria puede resultar deseable para algunas personas, pero no para permitir que el Estado exija a un individuo que se someta a un mejoramiento de este tipo con el fin de conseguir un determinado interés nacional. Wagenaar (2008) discute este caso en el contexto de las vistas judiciales en las que podría haber un argumento a favor del mejoramiento forzoso de la memoria con el fin de determinar la verdad sobre un crimen. Por último, pueden existir asimismo razones de seguridad que lleven a restricciones del uso, tales como los niveles de toxicidad que se pueden liberar al medioambiente al utilizar las mejoras humanas, o los posibles riesgos imprevistos asociados con cualquier uso concreto.

El problema de la suma cero

Una última preocupación está relacionada con la eficacia de las mejoras humanas, aunque no desde una perspectiva individualista. De hecho, mientras que resulta posible que una mayor altura o velocidad generen beneficios para la persona en cuestión, en una sociedad en la que todas las personas realicen mejoramientos similares, el beneficio general quedaría anulado. En cambio, la consecuencia a largo plazo de esta cultura del mejoramiento permisiva es simplemente un cambio en lo que resulta biológicamente normal y en una economía en la que disponer de talentos o capacidades extraordinarias resulta necesario para prosperar, el resultado ocasional de una sociedad en la que todos tienen acceso a dichas mejoras es el juego de la suma cero, en el que, de hecho, se producen pocos cambios respecto al resultado global que experimenta cada persona.
Por supuesto, no todos los mejoramientos son así. Un mundo en el que todas las personas sean más inteligentes supondrá beneficios acumulativos para la sociedad, salvo que exista un intercambio entre características, en el que la capacidad incrementada para la lógica perjudique a una destreza para identificarse con las personas o en el que el altruismo se reduzca. Mientras no exista prueba alguna que respalde esta preocupación, es importante ser conscientes de la complejidad de algunos constructos neurológicos, tales como la inteligencia, que podrían implicar la mejora de la funcionalidad de diversas formas (la inteligencia emocional, la inteligencia racional) antes de que se pudiese afirmar de manera razonable que se ha mejorado.

¿Qué deberíamos hacer?

Para concluir, queda una serie de obstáculos prácticos y morales relativos al uso generalizado de muchos de los mejoramientos humanos. Muchas culturas siguen luchando por regular sus sistemas sanitarios con el fin de mejorar el bienestar de las personas y esto debería servir de advertencia para aquellos que lo consideran una mera vía hacia una regulación efectiva de las mejoras humanas. A la hora de establecer orientaciones éticas, resulta vital aclarar la perspectiva desde la que se formula la pregunta para poder comprender el alcance de la preocupación ética expuesta por los mejoramientos humanos, así como el alcance de las respuestas. Si la cuestión es únicamente la moralidad personal, no será necesario ni ético involucrar a los profesionales en dichas elecciones. En cambio, una cuestión que concierna a la sociedad en general deberá ser prioritaria frente a la moralidad personal.
Resulta crucial, a todos los niveles, establecer algunos principios generales que rijan la conducta ética del perfeccionamiento humano. Estos deberían incluir la consulta independiente y difundida, así como la inversión en los principios de investigación. De igual forma, se podrían extraer algunas condiciones mínimas de la práctica ética avaladas por otras formas de intervención médica, como el fomento de la autonomía, la preocupación sobre la justicia y el bienestar, etcétera. Por último, puede que el asunto más urgente sea el grado en el que el uso de las mejoras humanas requiere una respuesta global, en lugar de una simple política nacional. Mientras que dicho trabajo ha surgido del liderazgo en la investigación en varios países de todo el mundo, queda mucho por alcanzar antes de lograr llegar a un sentido claro sobre las implicaciones del mejoramiento humano y de que se haya formulado una estrategia razonable.

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Notas

  1. Para una perspectiva general más detallada, véase Savulescu et al. (2011).
  2. La sociedad puede abarcar tanto la forma en la que están organizados los intereses colectivos en torno a estructuras gubernamentales específicas como la manera en la que podríamos referirnos a los intereses colectivos de múltiples formas de vida.
 
Miah, A., "Cuestiones éticas derivadas del mejoramiento humano", en Valores y Ética para el siglo XXI, Madrid, BBVA, 2011.